Sobre la guerra en Ucrania y los prejuicios

El mundo cambió el 24 de febrero. Desde que Rusia invadió Ucrania, el planeta se ha unido en torno a sus ciudadanos y a su presidente en lucha, Volodymyr Zelensky, mientras se aísla al presidente ruso Vladimir Putin financiera y políticamente. Las opiniones públicas en prácticamente todos los países se solidarizan con el presidente ucraniano y la movilización de su pueblo. Recordemos que la invasión ha sido unilateral y no provocada.

Apoyo todos los movimientos de solidaridad con la resistencia ucraniana y me solidarizo con los ciudadanos que están siendo bombardeados, me solidarizo con las víctimas de la opresión y la discriminación dondequiera que estén; víctimas visibles e invisibles. Hoy no estamos presenciando los más horribles crímenes que se estarán haciendo contra ellos. Habrá cosas terribles que nunca sabremos.

A medida que la invasión rusa de Ucrania avanza inexorablemente hacia Kiev, ya son casi 2.000.000 los residentes ucranianos que han huido de sus hogares en busca de refugio en las tierras vecinas.

Lamentablemente, también estamos viendo, que cuando salen de Ucrania, muchos refugiados son clasificados por color y origen nacional, y los ucranianos reciben preferencia de los países de acogida sobre los de origen asiático, del Medio Oriente o africano.

La injusticia de estos actos, que ocurren en medio de la heroicidad y el horror que estamos presenciando, no me ha sorprendido, pero me ha decepcionado. Tampoco me ha sorprendido la persistencia de los prejuicios, pero sí me ha decepcionado la capacidad de la humanidad para ser inhumanos.

Hoy me acuerdo de Alan, el niño sirio de tres años que se ahogó junto con su madre y su hermano cuando intentaba llegar a Europa en 2015.

También recuerdo que el 3 de febrero de 2022, solo unas semanas antes de que empezara la guerra en Ucrania, Médicos Sin Fronteras, después de intentar ayudar a los migrantes y refugiados que enfrentaban temperaturas bajo cero sin comida, agua, refugio, ropa de abrigo o acceso a atención médica en un área boscosa a lo largo de la frontera entre Bielorrusia y Polonia, se retiró después de estar bloqueado durante meses por las autoridades polacas de prestar asistencia a los extranjeros necesitados.

Tristemente, en las fronteras de Ucrania, también estamos siendo testigos de la persistencia de los prejuicios y el racismo, demasiado a menudo incrustados en privilegios inconscientes.

Pero hoy me gustaría honrar, no sólo el heroísmo del pueblo ucraniano, sino también el de los africanos, indios y otros inmigrantes racializados que están sufriendo junto a ellos. Hoy pongo mi voz en honor a Alan Kurdi y otros que, desde otros lugares, han desembarcado en las puertas de Europa en busca de refugio.

Y me gustaría que me oyese ese señor español, que de regreso a este país desde Ucrania, dijo que los niños refugiados son rubios y de ojos azules, más parecidos a nosotros (refiriéndose a los españoles blancos) que a los que acostumbramos a ver sufrir en otros lugares. Más parecidos que Alan. 

Y me gustaría que me escuchase el reportero en Kiev de la CBS, que dijo que Ucrania “no es un lugar, con el debido respeto, como Irak o Afganistán, que haya visto un conflicto encarnizado durante décadas. … Esta es una ciudad relativamente civilizada, relativamente europea, también tengo que elegir esas palabras con cuidado, ciudad, donde no esperaría ni esperaría que sucediera”.

Hoy también me gustaría que me escucharan aquellos que hablan de no enviar armas a los ucranianos para defenderse y agotar las vías diplomáticas. A veces las buenas intenciones pueden ser criminales. 

¿Le están pidiendo a los ucranianos que se rindan y entreguen medio país para calmar al invasor? ¿Quiénes somos nosotras para decirles a los invadidos que no se resistan al invasor? Les están diciendo que su resistencia les incomoda, les molesta. Le dicen a la mujer violada que baje los brazos y se deje hacer.

Le puede pasar a cualquiera y pasa en todas partes, especialmente en lugares donde empresas coloniales fallidas dejaron promesas rotas, pueblos rotos. Sucedió en Irak, Afganistán o Siria, igual que está sucediendo en Ucrania. 

Hoy, debemos reconocer que vivimos en un mundo interseccional y cada vez más conflictivo donde, independientemente de la naturaleza de la lucha, todos estamos inexorablemente vinculados, nos guste o no.

No podemos olvidar los miles de chechenos asesinados y más de 200.000 desplazados por la Rusia de Putin en el cambio de siglo, ni el bombardeo de Alepo por parte de las fuerzas rusas y sirias cometiendo crímenes contra la humanidad. No podemos ignorar la retirada unilateral de las fuerzas de Donald Trump de Siria, la retención de ayuda a Ucrania y su abrazo a Putin. Dios los cría…

No podemos olvidar, en cualquier lugar del mundo, a las víctimas de la opresión, la discriminación, el apartheid o la explotación, dondequiera que ocurran, ya que con demasiada frecuencia son presagios de un futuro que nos alcanzará.

Somos testigos, con demasiada frecuencia, de quién paga el precio por su color de piel. Pero a pesar de todo, yo con Ucrania.


Ayomide Zuri

Inconformista, luchadora, africana y mujer negra. @ayomidezuri ayomidezuri@gmail.com


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