Contra el tabú del racismo en Túnez

En junio del pasado año, la Avenida Habibi Bourguiba, situada en el centro de Túnez, se convirtió en un homenaje en vivo a George Floyd. Más de 200 personas reunieron frente al teatro municipal sus pancartas y dolor por el asesinato del afroamericano. Había manifestantes de todas las edades y géneros. Una de las más jóvenes era Maya, de 14 años, quien portaba un cartel donde estaban escritos los nombres de las víctimas más recientes de violencia policial en Estados Unidos. Además, también aparecía en esta lista Falikou Koulibaly, jefe de la asociación de Ivorianos en Túnez (AIT), que fue asesinado en el país en 2018 por denunciar el racismo. Frente a esto, la niña Maya declaró que “en Túnez hay tanto racismo contra los negros como en Estados Unidos”. Sin embargo, no todo el mundo está de acuerdo con esto. Un transeúnte, tras preguntar qué estaban denunciando los manifestantes reunidos en la Avenida, afirmó que esta discriminación por raza “no existe” en Túnez. La opinión de este hombre, lejos de pertenecer a una facción, está muy generalizada en el territorio. Y, por ello, se necesitan voces que muestren la realidad tal y como es. 

En Túnez, el racismo es una verdad muy oculta: ante ojos exteriores y del propio país, la mayoría de la sociedad es considerada blanca y árabe. Sin embargo, existe un notable porcentaje de personas negras que cada día soportan discriminaciones. El proyecto AIAC se reunió durante el pasado año con varios tunecinos negros, a fin de entender mejor su situación.

Saadia Mosbah, de los aviones al activismo

Sadiah Mosbah es una azafata jubilada de 60 años encargada de la organización M’nemty. Esta asociación, que literalmente significa sueño, “sueño de igualdad”, tal y como lo llama ella, fue creada en 2013 y lucha contra el segregacionismo en el país. “Lo particular del racismo en Túnez es que es silencioso… Es una hipocresía social insoportable”, define Mosbah.

La lucha de la ex asistente de vuelo comenzó tras la Revolución tunecina (a veces llamada Revolución del Jazmín o más comúnmente entre la población local, Revolución de la Dignidad), cuando el cambio de régimen trajo consigo una mayor independencia. La crítica política corría por sus venas desde pequeña: sus hermanos la trabajaron con ahínco cuando aún no existía ningún tipo de libertad de expresión. Su hermano, Salah Mosbah, es un cantante que siempre ha celebrado su negritud. Por su parte, su hermana, Affet Mosbah, escribió la columna Ser negro en Túnez para la revista Jeune Afrique en 2004, pero terminó siendo censurada. “El vendedor me dijo que todas las copias fueron retiradas”, cuenta Saadia. Los tunecinos solo pudieron acceder al artículo después de 2010 en Internet, nadie pudo ver la versión en papel de 2004. Nosotros compramos una copia en París y la leímos en casa. Entonces, vi el orgullo de mi padre. Creo que de alguna manera mi hermana escribió lo que él siempre había pensado, pero nunca dijo en voz alta”.

El silencio del Estado frente al racismo en Túnez hace que las discriminaciones se acepten como una normalidad vital. Saadia trabajó con una aerolínea nacional durante 30 años y fue jefa de tripulación de cabina. Recuerda que durante uno de los embarques una señora detuvo a sus hijos diciéndoles que se debían haber equivocado de puerta, que ese no podía ser un vuelo de TunisAir. Mosbah le respondió que se podía ver bien claro en su uniforme la insignia de la compañía. Más tarde, durante el vuelo, la mujer le preguntó como era posible que fuera tunecina, negra y azafata a la vez. “Se supone que en Túnez una persona negra no debe recibir educación, estar bien vestida o tener coche. Está bien si es camarero o hace otros trabajos similares, pero en el momento en el que quiere estudios superiores o un trabajo profesional, hay un problema”, expone.

Al recordar su infancia, rememora el momento en el que tenía ocho años y su mejor amiga la llamó oussifa (esclava). Aunque para muchas personas la palabra solo describe una condición, Saadia la sentía como un insulto. “Solo se usa para los negros y en un tono sancionador, como una tarjeta roja en el fútbol que te dice, ten cuidado, no olvides quién eres”, argumenta la activista. Pese a ello, durante este tiempo, fingía a menudo que el racismo no existía. “Negamos que alguna vez nos sintiéramos discriminados porque es tan difícil hablar de ello que no queríamos decir ni escuchar nada al respecto”.

Durante la revolución, Saadia fue golpeada por la ausencia de personas negras durante las manifestaciones, lo que estimuló su compromiso político. Por ello formó M’nemty, a fin de acabar con el miedo que tenían algunos tunecinos de unirse a un movimiento revolucionario solo por ser negro. Este problema es profundo, tal y como comenta la activista, porque está arraigado en la negativa de la sociedad en reconocerse como multiétnica. “Túnez dio nombre a nuestro continente africano, pero rechaza su africanidad. Eso es lo que es vergonzoso”, concluye Mosbah.

Zyed Rouin, la negación forzada del racismo

A Zyed Rouin también le costó algún tiempo enfrentar la realidad. Ahora tiene 30 años y se involucró contra el racismo en 2013 a través de M’nemty. Además, también es consultor de la ONG Minority Rights Group International. Fue un encuentro con Saadia Mosbah lo que marcó la diferencia en su vida. En una conferencia ofrecida por la activista, Rouin se mostró en desacuerdo con sus palabras alegando que no había racismo en Túnez y que él nunca lo había experimentado. Ante esto, Mosbah le dijo que se tomara un tiempo, tratara de ordenar sus recuerdos y que luego la buscara para hablarlo. Estas palabras lo llevaron a desbloquear vivencias que tenía olvidadas. “En la escuela, con mis amigos, me sentí obligado a superar a todos los demás para ser aceptado: debía tener mejores calificaciones, bromear más…”, comenta Rouin. “Nunca tuve amigos negros. Cuando subía a un autobús, por ejemplo, si veía a un grupo de negros, los evitaba”.

Cuando comenzó el colegio, su madre lo animó diciendo que iba a conocer muchos niños con los que jugar y divertirse. Sin embargo, Rouin se encontró con algo bastante distinto a estas promesas: “Cuando llegué a la escuela, me encontré con que era el único tunecino negro. Fueron los niños los que me hicieron entender eso con frases que oí por primera vez. Me dijeron cosas como si estaba quemado o que era negro porque Dios no me amaba, y yo estuve de acuerdo con ello”.

Anis Chouchène, las palabras como escudo

Este racismo violento pero mostrado como ordinario es el que Anis Chouchène intenta explicar. Es cantante y poeta, ya que cree que “las palabras tienen un mayor impacto que las armas”. “La reacción de una bomba se siente durante unos segundos, pero las palabras duran más…”. El artista expone que se han referido a él con términos como kahlouch (bronceado oscuro) u oussif (esclavo). Además de ello, también ha tenido que aguantar que la gente asuma que es un extranjero y hable árabe frente a él pensando que no entenderá lo que dicen.

Por todo esto, Chouchène no quiere dejar pasar ninguna muestra de racismo casual. Muchas veces discute con su círculo cercano pidiéndole que exija respeto. “Me duele ver a mis amigos decir que no es gran cosa o que alguien no lo ha hecho a propósito cuando les digo que no se mantengan en silencio”. Tanto es así que muchos tunecinos creen que estos términos son parte del lenguaje cotidiano, por lo que no cuestionan sus significados peyorativos. 

Un problema histórico y estructural

Abdessattar Sahbani es profesor de sociología en la Universidad de Humanidades y Ciencias Sociales de Túnez y miembro de M’nemty. Según comenta, durante la independencia “hubo un interés por moldear a Túnez a la imagen y semejanza de un país modernista y abierto”. Sin embargo, este hecho fue contraproducente: aunque el país se convirtió en el más desarrollado de las regiones africanas y el la más desarrollada de las árabes, terminó por no tener ningún tipo de representación de tunecinos negros en el gobierno, la política o la economía. “El tunecino aspiraba a ser europeo”, muestra Sahbani, hecho que terminó por marginar y ocultar a la comunidad negra.

El historiador Nori Boukhchim comparte esta opinión. Que durante años la mirada de los tunecinos se dirigiese al Mediterráneo ha hecho que se olviden de que están ubicados en África. Durante las décadas de 1950 y 1960, se impusieron reformas para “modernizar” al pueblo, cambiando su forma de vida. Ello llevó a una ruptura con la identidad africana, haciendo que hoy en día “haya un problema de negación en la sociedad tunecina, donde el africano es visto como el otro”.

Mientras no se aborden las cuestiones de racismo y raza en Túnez por parte de las instituciones, los tunecinos negros seguirán estando obligados a soportar constantes discriminaciones. Entretanto, Saadia Mosbah ha optado por la opción de hacer oídos sordos. “Nuestros oídos han sido contaminados con tantos comentarios racistas, que ya no quiero escuchar nada. A veces la gente me dice: “Te llamé, no me respondiste. Te saludé, no me viste”. Bueno, no. Ya no puedo ver nada. Ni oír nada”, concluye la activista.

* Este texto está basado en un trabajo del AIAC y escrito por Fatima-Ezzahra Bendami. Su publicación original se encuentra en Africa is a country bajo el título ‘Black tunisians breaking taboos’

Nerea de Ara



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