¿Etnomaternar? Una experiencia etnográfica

Hay momentos en la vida cuando la cuestión de saber si se puede pensar de modo diferente a como se piensa y percibir de otro modo a como se ve es indispensable para continuar contemplando o reflexionando.

Michel Foucault (1984:12)

Un abre bocas:

En el presente ejercicio desarrollaré una serie de descripciones y precisiones propias del método etnográfico para lograr una mayor comprensión de lo publicado en esta revista el pasado 11 de diciembre de 2020 y que llevó como título: “Todo lo que necesitas saber sobre la Etnomaternidad decolonial y antirracista”. La intención nace resultado de un diálogo sostenido posterior a su publicación con una lectora, a quien agradezco por interpelarme a partir de un cuestionamiento significativo, que me es preciso comunicar: el mencionado artículo está repleto de una riqueza de conceptos, palabras claves y postulados varios que requieren ser detallados, precisados y ejemplificados para una mejor comprensión de la labor de etnomaternar y un óptimo aprovechamiento de las reflexiones que allí reposan, así como para seguir posicionando la teoría decolonial no como una moda académica sino como una posibilidad de comprender la colonialidad del poder, del saber, del ser y de la naturaleza; sus genealogías, matices, versiones, y cómo entrar y salir de ellas en un ejercicio crítico, de permanente deconstrucción y construcción de una maternidad feminista y antirracista, buscando descolonizar mi pensamiento sin caer en esencialismos y modas líquidas. Para el caso de hoy, iniciaré con las narraciones frente a cómo ha sido el proceso de crianza de una niña racializada teniendo en cuenta mi propia historia de vida y los retos que me han acompañado durante 6 años; lo cual es, ante todo, como ya lo veremos más adelante, una experiencia etnográfica. Sobre lo decolonial, lo dejaré es exclusiva para el próximo artículo, de la misma serie sobre la Etnomaternidad. De esa manera, iré publicando poco a poco, los diferentes postulados conceptuales y etnográficos de la Etnomaternidad.

Orione Conceição. Pexels

La etnografía

Este proceso lo defino como un método de estudio o de investigación directa que tiene como finalidad la de observar, registrar y analizar las prácticas culturales y los comportamientos sociales, decisiones, y acciones de los distintos grupos humanos, es decir, sus identidades y formas de vida. Así las cosas, como antropóloga vivo la experiencia etnográfica en cada ejercicio de observación que hago respecto a las configuraciones sociales afines a mi vida y que son de mi interés de investigación, análisis y reflexión vital y cósmica.
El interés por el método etnográfico se ha despertado de manera reciente por parte de los científicos sociales – no solo de los antropólogos- a raíz del cuestionamiento según el cual la producción de conocimiento acerca de la realidad social debe ser de carácter participativo, incluyente, reflexivo y que genere una retribución o retroalimentación frente a los problemas sociales identificados y abordados desde el proceso de investigación etnográfico. Por eso la etnografía también es vista como un enfoque, porque marca el punto de partida del trabajo de campo, proceso mediante el cual los antropólogos compartimos una fracción de nuestras vidas con los grupos sociales interés de nuestros análisis y producciones reflexivas. Así las cosas, el enfoque etnográfico permitirá ver las cosas según el punto de vista de quien las ve, pero la construcción que haga de esas cosas el etnógrafo (a), obedecerá a los preceptos teóricos con los cuales guía sus preguntas y organiza su pensamiento. Estos preceptos pueden variar según las perspectivas éticas del profesional social, según la escuela teórica con la cual se identificó durante sus estudios; son varias las razones que vendrán a definir el marco según el cual las realidades sociales serán analizadas desde la antropología.

El interés por el método etnográfico también ha permitido analizar qué hacemos con lo que etnografiamos, para qué nos sirve y que “ganancia” se obtiene de este proceso. Tomar una realidad social y analizarla nos debe servir para hacer una lectura integral de esta, compartir las reflexiones con los diferentes espacios de socialización y convergencia de dichas realidades, y hurgar tanto hasta que sea posible develar situaciones que antes no habían sido puestas en escena, o quizá, crear a través de estos resultados, una propuesta de política pública para cierto tema en específico. Los etnógrafos no podemos observar por observar, registrar por registrar; algo nos mueve, somos sensibles a ciertos temas que nos quitan el sueño y nos hacen escribir, investigar y preguntar; categorizamos y clasificamos para comprender lo que sucede, para darle nombre a las cosas del mundo y aportar al bienestar social y comunitario.

A través del ejercicio etnográfico podemos caracterizar, definir, establecer analogías, unir realidades, darle la vuelta a lo que se muestra como “normal”, ponerle el lente a aquello de lo que no se habla, no se cuestiona, aparentemente inamovible. Como lo he dicho anteriormente, la sensibilidad etnográfica es clave, se requiere de un fuerte sentido de intuición que le permita al investigador saber actuar en una determinada comunidad, grupo social o poblacional, saber discernir acerca de las problemáticas que puedan presentarse y que merezcan su atención como posible realidad a investigar.

Así, las cosas, hemos visto que la etnografía se inclina hacia lo cualitativo, es decir, a la cualificación de los procesos y realidades. Quizá los método cuantitativos causaron un poco de desilusión en los investigadores, ya que, habrá que recordar que fueron estos métodos los que predominaron durante mucho tiempo en la mayoría de las Ciencias Sociales, al menos en la Antropología, la Sociología, las Ciencias Políticas, incluso la Comunicación Social, La filosofía, El Trabajo Social, entre otros. Ahora bien, eso no significa que el método ha sido el mismo siempre, por supuesto, existen enfoques etnográficos como etnógrafos hay: están quienes la ven como un proceso para el registro de datos, otros como enfoque para comparar realidades culturales, hay quienes se interesan por los patrones de interacción social, y así… También hay quienes la critican, por supuesto; algunos lo hacen porque podría llegar a hacer muy subjetiva, lo cual supuestamente es impropio para las Ciencias Sociales.

Sin embargo, para los objetivos que pretendo analizar en el presente artículo, el estudio etnográfico me ha permitido entender cómo le di sentido a mi maternidad desde la ritualización de la vida cotidiana y los procesos sociales que ésta conlleva desde la labor de maternar a una niña racializada en un contexto específico y unas circunstancias históricas igualmente específicas, partiendo del cuestionamiento y la puesta en marcha de estrategias autónomas de crianza, revelando estructuras opresoras, entre otras acciones, dando así origen a la Etnomaternidad.

Etnografiar la maternidad desde el vocablo etno.

Con base a lo anterior, ¿qué sucede cuando etnografiamos la maternidad? ¿Qué implicaciones personales, familiares, territoriales, políticas, económicas, tiene la maternidad cuando se vive como una experiencia etnográfica? Lo primero, diría yo, es considerar el hecho de una conciencia histórica como posicionamiento político de la necesidad inexorable de reconocer las condiciones en que los grupos poblacionales descendientes de África han estado y siguen estando en las Américas. Me refiero al hecho social de la Diáspora Africana, a su conocimiento, a la relevancia que tiene dentro de la crianza, a su co-existencia en la vida cotidiana y en la educación dentro de un sistema racista que nos sigue perpetuando en una especie de esclavización contemporánea.

La negación del racismo estructural, la naturalización de la segregación racial, es de los mayores riesgos para nuestros pueblos y territorios étnicos. Toda esta conciencia y herencia histórica debe anteceder cualquier hecho social o rol que tengamos dentro de la sociedad. Es decir, pasa por mi crianza. Y esta conciencia ha sido posible gracias al permanente ejercicio etnográfico a través de ejemplos claros tales como: agudizar mis sentidos a diario, saber estar más allá de la rutinización, registrar de manera permanente lo que voy encontrando en mi ejercicio de maternar, tener afinidad con el ejercicio de escritura, mantener la capacidad de asombro por cada cosa que sucede, es decir, hacer uso de la técnica de la observación participante desde el contacto directo con mi hija, con mi familia, los vecinos, la escuela y la sociedad en general.

De este listado de herramientas etnográficas, pongo mucha atención en el diario de campo: una libreta de notas donde voy escribiendo cada acontecimiento relevante que me ha venido sucediendo durante mis 6 años de crianza. ¿Por se le llama diario? Porque son notas escritas todos los días, es la secuencia de lo que va sucediendo durante la investigación “en terreno”, con la aclaración de que el terreno – en este caso- es mi vida cotidiana, su ritualización, su devenir, contextos y circunstancias. De esa manera, mi propia maternidad ha sido una experiencia etnográfica, pues una vez mi hija nació, comenzaron a dispararse muchos dispositivos de poder (económicos, raciales, políticos, de crianza y afectivos) a través de los cuales comprendí que debía asumir una posición radical frente a lo que estaba viviendo (romantización de la maternidad (aquello de buena madre-mala madre), ser culpable por ser soltera, discriminación racial hacia el cabello de mi hija, su nariz y color de piel, desconocimiento de su africanía, el amor por la oralidad y la negación de ésta como epistemología de conocimiento válido, entre otras, muchas otras…) y así, convertir la ritualización de mi vida cotidiana en un permanente ejercicio de deconstrucción, cuestionamiento, emancipación y lucha por dignificar mi ser madre soltera, feminista y antirracista.

La experiencia etnográfica de mi maternidad posicionó el vocablo “etno” al ejercicio de maternar, el cual, si bien el diccionario de la Real Lengua Española, lo define como pueblo o raza; en mi caso, mi intuición se hizo autoridad etnográfica en referencia a la búsqueda constante de las raíces de nuestra africanía, de los rastros y los rostros de nuestros ancestros, de la Literatura, la Tradición oral y el Patrimonio Cultural Afro; es la oportunidad para que la maternidad se convierta en un ejercicio constante de investigación, de abordar con mi hija una pedagogía de las fronteras (entre lo que se supone propio y aquello que aún desconocemos anterior a la Trata Tras Atlántica).

Etnomaternar se refiere a criar con los preceptos propios de la crianza que han venido antecediendo a mis abuelas, bisabuelas, tatarabuelas y demás ancestras racializadas del Golfo de Morrosquillo y los Montes de María, dos regiones del Caribe colombiano fuertemente golpeadas por el conflicto armado, el empobrecimiento, la falta de oportunidades, y al tiempo, ligadas a la Diáspora Africana, territorios originarios de cimarrones, donde acontece la vida desde la justicia narrativa de escuchar y sentir la oralidad, de reconocer otros discursos (míticos), y de observar de manera constante la marginalización de los saberes ancestrales desde los habitantes urbanos y algunas instituciones desde las esferas de lo público y lo privado. Incluso, desde la propia academia. Estos preceptos conforman un patrimonio cultural incluyente en sí mismo pero que ya sido excluido sistemáticamente de la mal llamada identidad nacional, a no ser que haya algún interés particular, como sucede en el caso de los deportistas afros, u otros destacados personajes, que terminan favoreciendo una imagen nacionalista pero tremendamente excluyente.

Quizá como lo menciona (Restrepo, 2004), lo etno tiene para mí una significación social donde agudizamos los juegos de poder entre aquello que siempre ha dominado el ser mamá de una niña racializada (la lucha por alcanzar los sueños de la hegemonía blanca, eurocentrista; validando, por ejemplo, un solo tipo de belleza, de conocimiento y formas de producción del mismo) y aquellas resistencias en donde nuestras identidades afrodiaspóricas se han producido y desde las cuales enuncio mi discurso. Algo similar a lo que plantea Stuart Hall (1981, 1996, 1998 y 2005), cuando afirma que las identidades étnicas, o de cualquier otra índole, no pueden ser más que construcciones que se desprenden de las relaciones entre los grupos, de las posiciones desde las que enuncia y de la historia que la precede. En ese sentido, encuentro en lo “etno” un vocablo que me permite comprender cuales han sido los imaginarios sociales en los que ha estado enclavado por siglos – y siguen- los territorios de la diáspora, así como, en medio de estas construcciones, vengo desarrollando una subjetividad donde se combinan discursos, estrategias y formas de subjetivar lo propio, lo ajeno y lo compartido.

Al igual que Stuart Hall (1981, 1996, 1998 y 2005), no pretendo quedarme posicionada frente a la continua binarización de la configuración histórica y económica de nuestra sociedad (modernidad vs etnicidad), eso sería agregar más segregación y dilatación de las intencionalidades de nuestros cuerpos políticos en permanente conquista de derechos y justicia narrativa. Mi pretensión es compartir con otras madres racializadas del mundo el producto de aquellas herramientas de las que he echado mano para transformar el ejercicio de la maternidad, y contarles cómo hemos sido capaces de adaptarnos a distintas condiciones en donde las prácticas discursivas han venido cambiando en un devenir histórico plural que depende exclusivamente del CONTEXTO en el que emergen. La mayúscula sostenida le da el carácter fundamental que tiene éste término dentro de la experiencia etnográfica, una especie de particularismo del acontecimiento histórico de una maternidad que construye nuevos discursos y prácticas, pues la maternidad no solo es un asunto personal, también es político: ¡la cuestión de las maternidades elegidas, deseadas y sin prototipos debe seguir siendo un asunto de debate contemporáneo! Un debate inacabado.

Ahora bien, cuando a éste análisis entra el tema de lo “negro”, como categoría racial, política e histórica de defensa de unos derechos sistemáticamente negados, se hace necesaria la conversión a etnomaternar, un maternar con conciencia histórica, de clase, de género y en permanente resistencia. La historia de las palabras conllevan una arqueología que las sitúa en un contexto específico, del cual bebe y se nutre, madura y se comparte. A través de diversas entrevistas etnográficas con mamás racializadas, y en especial, desde el diálogo orientado por el feminismo como escuela de referencia política e histórica, ha sido posible identificar estrategias de crianza que deseo poder compartir con otras mamás con hijas racializadas. La lectura es una de ellas; una historia de vida que pasa por el conocimiento de los referentes literarios propios y de la diáspora es radicalmente diferente a crecer con referentes literarios donde la nieve y el frío definen el ambiente narrativo, y los roles están cargados de aristocracia. Esto por solo nombrar un ejemplo. Niña bonita, de Ana María Machado, Fábulas de Tamalameque, de Manuel Zapata Olivella, Wangari y los árboles de Paz, de Jeanette Winter; entre otros, son cuentos y fábulas que le han permitido a Candelaria ver y leer en estas hojas cabellos como el suyo, un rostro familiar, trenzas, el cuidado y preservación de especies nativas, las familias extensas, realidades como las nuestras; herramientas todas que le están permitiendo a mi hija valorar a las personas desde el respeto por sus diferencias y riquezas étnicas, la auténtica prevención del racismo, una educación incluyente que permita conocerse a sí misma, conocer sus raíces, su historia, y al tiempo, estrechar su amor por la literatura.

En relación a lo anterior, la historia de vida (como herramienta etnográfica) es relevante porque nos ha permitido explorar e ilustrar, en nuestra propia trayectoria vital, los significados y prácticas culturales en las cuales nos sentimos identificadas e insertas dentro una lógica que debe ser institucionalizada en busca de derribar el racismo y las exclusiones sociales que hoy en día se perpetúan a través de sistemas tales como el educativo, el político, incluso, el cultural. La etnomaternidad es un posicionamiento, una actitud, una forma de abordar la maternidad, es la vida misma. No se trata de nombrar por nombrar, e insisto en esto porque estamos llenos de categorías y clasificaciones que segregan y dividen. Yo quiero que las madres racializadas nos unamos y clamemos juntas por una crianza con apego, afectuosa, no adultocentrista, incluyente, pedagógicamente cultural, antirracista y feminista. Estos dos últimos posicionamientos los dejaré para detallar en próximos artículos; en éste pretendo dejar claro que la relación entre la etnografía y la maternidad encuentra su desembocadura en la práctica de la labor de etnomaternar. A todos los y las lectoras, interesados en seguir generando debates y reflexiones, acciones transformadoras y políticas, no dejemos de escribir y preguntarnos. La interacción con los lectores es clave si queremos seguir ahondando en estos temas y generando reales cambios para la humanidad, que tanto los necesita. Hasta aquí por hoy. Nos vemos en una próxima ocasión.

Referencias

César A. Oré Rocca (2010). La etnicidad y sus usos. Reflexiones acerca de la difusión de la etnicidad. Tomado de: https://doi.org/10.4000/eces.423

Medina, Ritzy. (2020). Todo lo que necesitas saber sobre la Etnomaternidad decolonial y antirracista. Tomado de:  https://afrofeminas.com/2020/12/11/todo-lo-que-necesitas-saber-sobre-la-etnomaternidad-decolonial-y-antirracista/

Peralta, C. (2009). Etnografía y métodos etnográficos. Pág. 45 – 51.

Restrepo, Eduardo. (2016). Etnografía: alcances, técnicas y éticas. Bogotá Colombia.

Restrepo, Eduardo. (2004). Teorías contemporáneas de la etnicidad Stuart Hall y Michel Foucault. Editorial Universidad del Cauca. Popayán. 

Ritzy Katherine Medina Cuentas

Antropóloga- Universidad de Caldas

ritzykat@gmail.com 


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