¿A qué nos referimos cuando hablamos de feminismo blanco?

Contrario a lo que muchas personas (feministas o no) piensan, el feminismo blanco no es el feminismo que militan las mujeres blancas, es mucho más complejo que eso. Se trata de perpetuar la supremacía blanca a través de un movimiento que en su base ideológica debería propiciar equidad para todes les sujetes que le integren, habilitando la existencia de una parte de esos cuerpos, no su totalidad, como cuerpos válidos. 

Hablar del feminismo blanco como el feminismo de las mujeres blancas reduce la posibilidad de que mujeres y otras identidades atravesadas por la blanquitud, partícipes del feminismo, tomen a la interseccionalidad como punto de referencia en su militancia feminista y se puedan construir alianzas entre distintas luchas. Elimina la posibilidad de que estas personas desaprendan conductas racistas, clasistas, capacitistas, gordoodiantes, homolesbobitransodiantes y se concienticen sobre su lugar de privilegio en todas las estructuras opresivas, exceptuando al género. Sostener que el feminismo blanco es el feminismo de las mujeres blancas simplifica un entramado bastante complejo de relaciones de poder detrás de la universalización de una experiencia femenina en particular. Aludir al feminismo blanco como el feminismo de las mujeres blancas invisibiliza el flagelo de la colonización sobre los cuerpos que sufren racismo y olvida, aunque quizá no intencionalmente, que tal como señalan las feministas decoloniales, el género es una imposición colonial atravesada por los procesos de racialización y que además se caracteriza por ser una característica propia de lo humano, donde las personas racializadas quedamos por fuera. 

De eso se trata el feminismo blanco, de homogenizar las experiencias de les sujetes polítiques que hacen parte del feminismo en base a una experiencia en particular y universalizar esta experiencia. Se trata de ignorar completamente las vivencias de otres cuerpes, de no asumirlos como válidos en las militancias feministas o de tomarlos en cuenta como cuestiones particulares, jerarquizando las experiencias de la hegemonía sobre las demás. En eso consiste el feminismo blanco, en perpetuar la categorización de lo humano y lo no humano priorizando unas voces sobre otras; reside en la imposibilidad de tener una mirada interseccional que permita vislumbrar otros sistemas de opresión más allá del género y comprender la violencia estructural que atraviesan otres cuerpes (lgbtiq+, gordes, racializades, migrantes, empobrecides, en condición de discapacidad, entre otres). Es esta carencia de diversificar el feminismo y pensarlo como un movimiento heterogéneo, la que coloca en el inicio de la “cronología feminista” a Olympe de Gouges, Mary Wollstonecraft y a las sufragistas pero desconoce a las mujeres esclavizadas que se rebelaron al sistema esclavista y a las mujeres indígenas que con sus cuerpas resistieron la colonización; el mismo que capitaliza la despenalización del aborto en las cuerpas de las mujeres cis y reniega de cómo mujeres trans, lesbianas, bisexuales, varones trans y personas no binaries estuvieron desde siempre ocupando esos espacios. La misma que te copa las calles los 8M con quienes tienen el privilegio de faltar al trabajo, pero deja solas a las hermanas indígenas acampando una semana frente al Ministerio de Interior en Buenos Aires, Argentina por el terrorismo de Estado en sus territorios ancestrales. Ese es el feminismo blanco, el feminismo selectivo que decide qué es digno de ser masificado mediáticamente y qué causas son dignas de quedar en el olvido. 

El feminismo blanco: aliado con el régimen cisheterosexual, con el régimen de les cuerpes delgades, de les cuerpes funcionales al capitalismo. El feminismo que sostiene la dicotomía entre nosotras y les otres, que inhabilita las alianzas entre luchas porque ningunea los otros tipos de opresiones. El feminismo que le hace el juego a la agenda neoliberal, que cree en la meritocracia y en la igualdad de oportunidades, que rechaza cualquier barrera estructural ajena al patriarcado, que escracha a machos pero valida otro tipo de violencias estructurales. El feminismo que piensa que lo ideal es SER la voz de les menos privilegiades, en vez de desde el privilegio ceder espacios para que esas personas tengan protagonismo. El feminismo que acusa todas las costumbres fuera de lo occidental como des civilizadas y machistas sin escuchar a quienes viven esas realidades en primera persona. Ese es el feminismo blanco, el que no puede pensarse la sororidad más allá del ser mujer como si nuestres cuerpes no atravesaran otras identidades. El feminismo blanco no es el feminismo de las mujeres blancas, es el feminismo que sostiene el estatus quo y no se interesa por alterar la realidad, sino por reformarla, dejando intactas las relaciones de poder que no estén vinculadas al género. Es el feminismo que no tiene interés en admitir otras variables además del género como claves en el análisis feminista, y que si lo hace, sostiene irremediablemente algún tipo de jerarquización.  


Alejandra Pretel

Afrocolombiana radicada en Argentina. Estudiante de filosofía en la Universidad de Buenos Aires. Militante afrofeminista, antirracista y bisexual. 


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