Análisis de la apropiación cultural desde una mujer blanca

Hace unos días leí este post sobre la apropiación cultural en el blog Afroféminas, lugar que requete-recomiendo por su visión alternativa al hegemonismo que acostumbramos leer, su análisis feminista, racial y cultural.

En el artículo, brevemente, la autora señalaba la importancia que tiene la denominación de ciertos aspectos culturales que son asumidos desde occidente en forma de modas y tendencias y que se construyen como propios, desligándolos de su historia y tradición cultural. Algo que se realiza de manera sencilla eliminando el nombre original y reapropiando el término de manera oligárquica. Algo que ha ocurrido con las timinis, o más comúnmente conocidas como trenzas de boxeador; con las rastas, otros peinados de origen africano y asimismo, numerosas tendencias culturales. Lo que no se nombra no existe, y bien es una buena manera de invisibilizar despojar a un término de su connotación histórica y social, ya que automáticamente es desligado de la importancia social que tenía. Si las famosas trenzas se denominan “de boxeador”, pierden la esencia de su significado y la creación colonialista occidental las desliga de su historia reciente y pasada, obviando los aspectos culturales que han sido determinantes para que ese peinado se convierta en un símbolo cultural referente a la lucha racial y de clases llevada a cabo por mujeres y hombres afrodescendientes y africanos por sus derechos.

Mujeres y hombres han sido discriminados a lo largo de la historia por su pelo acaracolado, sus peinados étnicos y raciales, y el contexto cultural en el que se desarrollaban los mismos. No se trata de algo pasajero; es algo que aún hoy día sigue sucediendo y ES la realidad de muchas personas.

Conocí acerca de la historia cultural de las trenzas africanas a raíz de la lectura del libro Americanah, de Chimamanda Ngozi Adichie. Chimamanda recorre su historia personal de mujer migrante nigeriana a EEUU, ese país que se enorgullece de sus logros en igualdad racial y se arrepiente de un pasado no tan lejano de esclavitud y segregación por el color de piel. El libro es maravilloso porque destapa el mundo con tintes raciales difíciles de observar para una persona que no ha vivido, sentido y mirado como una negra. Y así, con su visión de negra, ella analiza y destapa los entresijos de una sociedad que apela a la igualdad con connotaciones culturales basadas en desigualdades y prejuicios étnicos. Y entre ellas, la referencia a las trenzas africanas. Referencia a su preparación, a la importancia que éstas tienen desde un punto de vista cultural. Referencia a la importancia política que el pelo afro adquiere en un mundo desigual, racista y xenófobo. Si de algo estoy segura es que los cambios en mi pelo se corresponden con cambios importantes en mi vida; Mi pelo, Mi territorio. Mi pelo, mi decisión, mi potestad sobre mí misma. Mi pelo, mi vida. Y si de algo puedo reflexionar acerca de esto, es que el pelo afro ha sido señalado, juzgado, limitado, recortado, quemado, lastimado y modelado en un intento por eliminarlo. El pelo afro ha sido y es objetivo de repulsa colectiva hacia un contexto cultural. El pelo afro ha sido señalado como endemoniado, inapropiado, salvaje y hasta incivilizado. El pelo afro se ha lastimado hasta desmontar sus orígenes y darle formas occidentales que previniesen su expansión cultural, lo limitasen y lo esclavizasen porque, al final, el pelo afro es de negras y de negros.

Conforme comprendes y vislumbras realidades diferentes, la visión que tenías se transforma y afronta otras formas y diversidades, se modela, se ajusta, se desmonta…se diversifica. Quiero decir que, comprender y leer acerca de la discriminación racial, esa que yo no experimento como propia por mis orígenes europeos, me permite conocer realidades que no vivo en mi día a día y que me resultan ajenas si por decisión propia no se tratase. Ajenas desde el punto de la subordinación, por supuesto, ya que ajenas no me son porque me rodean en el día a día.  A pesar de todo, nunca llegaré a vivir la discriminación racial que experimentan mis compañeras afroféminas por ser negras. Yo soy blanca, y en este planeta eso, es un pasaporte con visado absoluto.

Hace tres meses que quise trenzar mi pelo en trenzas africanas. Juliet, de origen nigeriano, me aconsejó y trenzó mi pelo durante seis horas. Tiempo durante el cual aprendí sobre su destreza y determinación. Por otro lado, lección básica de género para aquellos sectores del feminismo que creen que las mujeres africanas (cómo si aquí se pudiese englobar tantas realidades), están oprimidas. Temía que el cambio pudiera afectar a mi trabajo, para qué nos vamos a engañar. Ya tenía preparado un discurso en defensa de la diversidad cultural que señalase la opresión y estigmatización de un peinado por su origen racial, cuando me di cuenta de que no pasaba nada. No pasaba nada. Vamos, quiero decir, que no me afectaba en nada. En el trabajo, donde mi imagen era muy importante, me alabaron por mi nuevo peinado. Amigas, amigos, compañeras, gente conocida… todo el mundo señalaba lo bonito de mi nuevo look. Bastante habitual que gente a la que no conocía, tipo dependienta de supermercado, me dijera que le gustaba mi peinado. El señor de la taquilla del tren, la señora de la tienda, aquel chico que me preguntó por una calle que no conocía, aquella otra mujer que me ayudó a cargar con mi mochila. Quiero decir, la gente, aún sin conocerme, de repente parecía darse cuenta de que mi peinado no era habitual, era llamativo y bonito.

Por un lado, me planteo hasta qué punto me hubieran dicho esos piropos en caso de que fuera un hombre. Quizá la potestad de opinar y señalar no es más que una extensión de la capacidad de juzgar el físico de las mujeres (no lo dudes). Pero lo que me planteo realmente es si la gente me hubiera señalado lo bonito de mi peinado si yo fuera negra. Porque las trenzas son de negra, quizá porque ni siquiera llama la atención que una negra lleve trenzas; es lo normal. O quizá es que la diferencia radica en que lo bello que señalan se focaliza en la belleza de mi peinado de negra, porque no lo soy. Como dijo Amandla Sandler, actriz y activista afroamericana: “Los rasgos negros son hermosos pero las mujeres negras no. Las mujeres blancas son el parangón de la virtud y el deseo. Las mujeres negras son objeto de fetichismo y brutalidad, este parece ser la mentalidad que se tiene sobre la belleza y la feminidad negra en una sociedad basada en estándares eurocéntricos”. Y lo que se señala es la belleza que las trenzas crean en una mujer blanca; no la belleza de las trenzas. Me pregunto si una mujer negra con trenzas habría sido elegida en mi trabajo; si una mujer negra hubiera sido elegida en mi trabajo, tan siquiera. La respuesta es evidente porque todas mis compañeras eran blancas. Luego, ¿qué me está señalando la gente que dice gustar de mis trenzas? No, no está diciendo que éstas sean bonitas. No al menos con su historia y trascendencia cultural. Sí desde la apropiación colonialista occidental.

El otro cliché al que me topo es la presencia de extensiones en mis trenzas. Y la necesidad (casi obvia) de tener que explicar que éstas son necesarias para dar volumen y forma al peinado, pero principalmente durabilidad. Hecho que se ridiculiza con expresiones acerca de si son en realidad o no, mi propio pelo.

Pero lo importante, el hecho de base, es que mi peinado no deja de ser un peinado blanco, con origen negro. Y que ni siquiera es mirado desde los ojos de la diversidad cultural, sino como algo exótico que viste una blanca en un mundo de blancos. Me resulta complicado tan siquiera escribir este post, pues ni tengo ni quiero la potestad de opinar sobre la opresión racial; pues al final, solo sería paternalismo. Pero hay algo importante, y es que, al igual que en el feminismo, se necesita que todas, todos demos de nuestro lado para señalar la injusticia, bien del lado oprimido, bien del opresor. Yo no elegí mi condición, pero debo asumir cada día que vivo en un mundo que me favorece, en el que tengo privilegios y trabajar por de-construirlos. Un tema casi ausente en mis grupos de activismo. Un tema aún si cabe ausente por completo en la sociedad en la que vivo. Un tema que me resulta complicado porque yo, cuando me miro al espejo, veo la imagen de la mujer occidental que, aunque también oprimida, tiene pasaporte blanco. Veo la evidencia: que mis trenzas te gustan porque soy blanca. Te gustan porque no soy negra.

14963405_1086961154755533_3617984673041417662_nAutora: Virginia Carballo Fernández

Su blog: https://lacuriosidadelagata.wordpress.com/2016/11/16/mis-trenzas-te-gustan-porque-no-soy-negra/

Sexóloga, especializada en perspectiva de género y feminismo. Bióloga. Ciclista y viajera empapándome de diversidades.

Ilustración Portada:  Lola Blazzze / https://www.facebook.com/LolaBlazzze/?fref=ts

3 comentarios

  1. [Escribe una blanca]

    Yo llevé rastas durante cinco años, en el período de mi licenciatura. Lo incluyo porque han sido nombradas en el artículo.
    No eran más bellas por ser blanca: era la moda de los perroflautas, me identificaban como porrera, cuando no fumo porros, y con una delincuente porque si a alguien se le caía algo por la calle y yo lo recogía y le tocaba el hombro para devolvérselo, su primera reacción era asustarse. También, el día de la graduación, me enteré de que había gente de mi clase que creía que tenía piojos y no recuerdo haberme rascado la cabeza de manera descontrolada. ¿Que es una moda? Para algunos es posible que sí. ¿Que lo relacionaran con los porros? Quizá porque todo el mundo piensa en Bob Marley no tienen en cuenta las demás cosas que representaba este hombre, ni la procedencia del rastafarismo, etc. De todas formas, yo no las llevaba por eso. Me lo preguntaron; mirando mis rastas me dijeron una vez: ¿por qué Bob Marley? De hecho, esta pregunta exactamente me la hizo un español negro de origen guineoecuatoriano. Yo tenía mi respuesta y no, no era por él ni por el reggae. Fue lo que sentía, que no voy a explicar en este momento, pero que verifiqué cuando estuve en Senegal, pues el trato no fue igual por el hecho de llevar rastas. Igual que me gusta estudiar swahili porque con un keniano, por ejemplo, o africano nacionalizado o descendiente de alguno de los países en que se habla swahili y conocedor del idioma, prefiero hablar en ese idioma antes que en inglés como un acercamiento más y símbolo de respeto, yo llevaba las rastas por razones similares y me negaba a seguir la obsesión de aquí por el pelo planchado. Por supuesto, lxs blancxs nunca me trataban igual que a otras mujeres y, por supuesto, no lo consideraban como buena imagen, lo que quiere decir que sería muy probable que no encontrara trabajo, etc., etc. Se entiende por qué tuve que cortármelas, aunque me encanten. Igual he visto que a amigos míos de origen africano o ascendencia africana los calificaban de la misma forma por llevar rastas. Quizá en este sentido puede ser considerado como más cercano en el nivel de prejuicios de esta sociedad. Y no se puede olvidar, tampoco, como soléis exponer, que a causa de las modas, aunque las tilden de “alternativas”, también se puede haber distorsionado la procedencia o no se ha tenido en cuenta más allá del tópico, habiendo diferentes significados en diferentes culturas africanas, según he podido comprobar.
    Hace poco quise ver cómo quedaría en mí el pelo afro, por experimentar básicamente. Me lo hice yo misma. La opinión de la gente que me vio fue diferente a cuando llevaba las rastas.

    He dicho esto porque creo, como aportación, que constituye una diferencia entre las trenzas y las rastas al ser llevadas por unx blancx, para que se tenga en cuenta, no por llevar la contraria.

  2. A mí muy seguido me dicen eso de que eres “medioblanquita” como destacando que soy menos morena que “otros” (digo porque wera no soy ); sin embargo mi cabello me delata: toda la vida me ha acompañado la “bromita muy muy “chistosa” de que tengo cabello de “Mafalda” o de los Harlem Globgloters(sobre todo el que guardaba el automovil en la cabellera). Sexto de primaria el bullyg fue más intenso tanto que toda la secundario lo use muy muy corto para zanjar el tema pero también para irme reconciliando con mis rizos.
    Pero como en la “loteria” de la mezcla racial mi carita es “aperlada” (color facial que existe según los polvos faciales “angel face” o en ideario dicho popular de la ciudad al norte de México donde crecí) pues también me acusan que los peinados étnicos no son de mi patrimonio.
    Con el tiempo me he ido haciendo más libre y disfruto mi cana plateada pues cada vez estoy más lejos de teñirme el cabello ¿quién nos vendió la idea de que los rayos rubios son bellos pero los cabellos blancos son fea prueba de la vejez?

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