De estiramientos estoy harta

portada-textoDesde pequeña me enseñaron que debía ser respetuosa, amable, sencilla y además tener buen aspecto físico.

En cuanto comencé a crecer mi mamá y mi abuela luchaban constantemente para que me estirara el cabello –“¡una negra debe siempre tener el cabello estirado”!- decía mi abuela, y así comenzaba el largo rito de lavártelo con muchos acondicionadores y después secártelo para que, en una hornilla eléctrica y con un  peine de hierro “quemarte” el cabello, que sin dudas quedaba estiradamente sedoso y con olor a grasa. Más tarde la gran batalla de no mojarte en la lluvia, de no mojarte en  la ducha, de estar  siempre tranquila para no despeinarte…. Y así pasó mi niñez entre “peines calientes” y ser una niña tranquila y hacendosa.

Siempre tuve que luchar contra los estereotipos, si se perdía algo en el aula siempre miraban a mi compañerito negro, si tenían que escoger  la monitora de grupo o  de alguna asignatura eran las chicas de los grandes moños. Siempre estudié el doble, aunque  me mantuvieran con los cabellos bien estirados. Cuando cumplí mayoría de edad llegaron las añoradas cremas desrizantes, sufrimiento cada mes; pero era la tarea de orden de toda joven negra y decente.

Los cabellos estirados han ocupado gran parte de mi tiempo, de mi niñez, de mi adolescencia y de mi juventud temprana y ahora, que decido llevarlos  al natural no clasifico entre tanta gente occidentalizada de cabellos estirados y “keratinizados”.

A veces pienso que he perdido la batalla, pero cuando me levanto en las mañanas y me veo en el espejo, tocando mis sedosos y esponjosos cabellos, me alegro de haber nacido negra.

lisette-govin-colaboradoraAutora: Lissett Govin

 

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