La mujer invisible que solía ser

 

foto invisible

Cuando era pequeña  e iba al colegio me ponía muy nerviosa hablar en público para expresar mi opinión. Cuando estaba en clase y los profesores hacían una pregunta y seleccionaban aleatoriamente a algún alumno para que dijera la respuesta, yo en mis adentros rezaba para que no me tocase a mi. En realidad era buena estudiante y hacía casi todos los deberes pero no quería de ninguna manera ser el centro de atención, entre otras cosas porque era la única alumna negra de la clase y del colegio y eso de por sí ya me hacía sobresalir sobre los demás y no para bien precisamente.

La verdad es que quería ser invisible para que nadie se fijara en mí aunque no lo conseguí. Durante mucho tiempo un gran nudo en la garganta me fue acompañando durante gran parte de mi vida. Este nudito se hizo mi amigo inseparable y siempre me acompañaba allá donde iba. No sabía quién o qué había puesto ese sello en mi garganta pero allí estaba fijo como un tatuaje en mi tráquea. Cuando sabía que debía decir algo importante no lo decía por miedo, me sudaban las manos y aparte de mi ya mencionado amigo se sumaba al grupo otro amigo: el nudo en el estómago.

Lo de la invisibilidad lo quise llevar más lejos llevando siempre ropa ancha y el pelo cortado al uno como los chicos para que nadie se fijara en mí pero de nuevo volví a fallar en mi intento de ser invisible.

Ya de adulta decidí liberarme de este yugo autoimpuesto (o eso pensaba yo) de la invisibilidad y comencé a vestir de forma más femenina, a sentirme más a gusto en mi piel y a manifestar mi voz públicamente porque ya no quería ser la mujer transparente, ya no quería esconder mi cuerpo ni sentir vergüenza por la persona que era, sólo quería ser yo y decir lo que pensaba abiertamente. Pero para mi sorpresa la sociedad, sin yo darme cuenta conscientemente, ya me había condenado al silencio y a la invisibilidad mucho antes de que yo naciera e incluso mucho antes de que naciera mi madre y la madre de mi madre.

Al final resulta que ése sentimiento que yo sentía de pequeña estaba profundamente incrustado en el inconsciente colectivo y puede que yo lo internalizara de alguna manera y por eso me costaba expresarme sin miedo. Ahora que lo pienso ¿a qué tenía yo miedo? Pues tenía miedo a  defender mi identidad y mis raíces de las que se me intentaba despojar para no ser juzgada como víctima o como la típica “mujer negra enfadada”  que es un estereotipo  fundamentado en la falsa creencia de que las mujeres negras no sólo son más expresivas sino que son más testarudas, duras, manifiestan actitudes inapropiadas, son ruidosas y generalmente poseen una naturaleza negativa y ruda.

No sé si a vosotras os pasa pero a mí aún hoy cuando doy mi opinión sobre todo en temas polémicos referentes a los afrodescendientes me tildan de “Black Panther” , me dicen que si soy miembro de “Boko Haram” o intentan suavizar la cosa diciendo que la cosa no es para tanto y que son imaginaciones mías. Todavía no entiendo porqué las mujeres afro no podemos expresar nuestra opinión en nuestros “quince minutos de gloria” sobre temas que nos afecten sin que intenten pasar por alto nuestras emociones  o negarlas completamente tildándonos de radicales o personas incapaces emocionalmente. Cuando quiero expresar mi opinión no estoy buscando la aprobación y aceptación de nadie sino solamente respeto.

Mientras escribo esto no siento enojo sino cansancio. Hay días que estoy cansada de que intenten hacernos pasar, a los afrodescendientes, por invisibles primero porque no lo somos y segundo porque es una forma de opresión pasiva. Sí, ya sé que esto era lo que más deseaba de pequeña pero  como reza el dicho “ten cuidado con lo que deseas porque puede hacerse realidad”.

Ahora que soy adulta, la única forma con la que consigo que llegue mi voz a las conciencias de las personas que niegan nuestra falta de inclusión social es a través de mi escritura, las palabras escritas son más blandas, suaves y adaptables que mi espíritu indómito que se niega a doblegarse y rendir pleito a un sistema opresivo que no celebra la diferencia de las minorías étnicas. Empecé a escribir casi por necesidad, empecé a escribir para recordar quien soy y para no olvidar de donde vengo, para transformar la rabia que provoca la exclusión en creatividad, para hacer más visible las injusticias, en definitiva empecé a escribir porque quería ser la voz de los que tienen derecho a existir, a estar aquí y a ser tenidos en cuenta.

Porque como bien dijo Alicia Keys en un escrito que he leído recientemente “puedes ser bella, inteligente. Puedes ser radical y tener pensamientos  con fuerza con los que muchos pueden no estar deacuerdo. Puedes ser fuerte, sexy, valiente, tener curvas y ser simpática. Puedes permitirte ser tú misma”. No podría estar más en consonancia con las palabras de Alicia.  Las afroféminas  somos eso y muchas más cosas y debemos encontrar nuestra propia voz para manifestar lo que somos al mundo porque si no se nos  ve ni se nos oye seguiremos perpetrando ése sistema de opresión sutil que pretende injustamente dejarnos de lado.

 Yo os invito a todas las que os sentís “invisibles” a salir de vuestra zona de ostracismo, a manifestaros con acciones y a que no os quedéis calladas cuando sentís en vuestros adentros que tenéis el derecho de hablar y de ser libres, porque vuestra voz sí cuenta y sí que puede marcar la diferencia y en definitiva el cambio que necesitamos para que el orden natural vuelva a su ciclo y que cada persona ocupe el sitio que justamente merece.

Rian de la Torre  Autora: Rian de La Torre (Lady Saba)

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