Diario de pandemia. Balcones, aplausos y miradas desconfiadas

Pero me alegro, porque veo que en sus miradas de satisfacción cuando aplauden a las ocho y me miran asintiendo con la cabeza. No hay ni rastro de esa desconfianza que notaba cuando me cruzaba con ellos en el rellano. Sentía sus ojos clavados en mi nuca cuando daba vueltas a la llave para entrar en mi casa. Mi piel negra y mi pelo corto teñido de platino es un reclamo para la sospecha en un país que no ha normalizado al diferente.

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