Qué pasa cuando una persona ignora, avala o permite la opresión que sufre

En muchas ocasiones cuando presenciamos una situación racista y decidimos enfrentarla nos encontramos con frases como ‘’Pero yo se le digo eso a mi amigo negro y él no me dice nada’’, ‘’Pero mi abuelo es negro, yo no soy racista’’ y muchas otras frases de bolsillo que se utilizan para decirle al que te juzga que lo que acabas de hacer no está mal.

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Yo también

Yo también he sido racista. No soy ajena al mundo en el que crecí. Empezando conmigo misma, reconozco que lo que más odiaba de mi físico era aquello que me recordaba mi afroascendencia. Odiaba mi piel, mis labios y, sobre todo, ese pelo que me hacía receptora de mil comentarios hirientes al día. Ese pelo que, aún así, me negaba a desrizar y, cuanto más grande se hacía mi resistencia, más crecía también el reto de echar abajo mi voluntad y demostrarme, química mediante, cómo blanqueando mi imagen estaría mucho más bonita

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Cuando me odiaba. Testimonio

Llega la adolescencia, y esta vez otra pregunta aparece: «¿Somos los negros peores que los blancos?» surgida por algo tan superficial como no llamar la atención de los chicos. Un «Sólo las chicas blancas interesan» sumado al mordaz comentario de «Normal, si a las negras no nos pueden ni ver». Cualquier excusa es buena para eludir la posibilidad de que simplemente sea fea. Fui racista conmigo misma. «Una negra racista» me jactaba, irónica.

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