Yo también

Yo también he sido racista. No soy ajena al mundo en el que crecí. Empezando conmigo misma, reconozco que lo que más odiaba de mi físico era aquello que me recordaba mi afroascendencia. Odiaba mi piel, mis labios y, sobre todo, ese pelo que me hacía receptora de mil comentarios hirientes al día. Ese pelo que, aún así, me negaba a desrizar y, cuanto más grande se hacía mi resistencia, más crecía también el reto de echar abajo mi voluntad y demostrarme, química mediante, cómo blanqueando mi imagen estaría mucho más bonita

Cuestión de Fe

Mira por dónde, vengo de un país racista. Sí, sí. En serio. Esto, por supuesto, no es oficial: después de todo, llevamos sesenta años convenciendo a todo el mundo de que el racismo era cosa del imperialismo, y se acabó.

Radicalidad o muerte

Estaba hace unos meses en un debate en torno al feminismo interseccional con otras mujeres, casi todas jóvenes, entusiastas, y posicionadas, puede que inconscientemente, en lados opuestos de la mesa.

La mierda que te sobra

Cuando tenía siete u ocho años, a mi cole llegó una donación de material escolar desde España. En el reparto, me tocaron algunos lápices y un cuaderno de Lengua con los ejercicios resueltos.

De lo prohibido a lo exótico

No recuerdo en qué emisora, y creo que hace como quince años que lo escuché, pero se me quedaron grabadas las palabras. Era un programa de radio que hablaba sobre el racismo en España. Varias personas llamaron para dar su testimonio, contando las discriminaciones que sufrían a diario.

Los españoles primero

El discurso de que todas las ayudas son para “los de fuera” no es nuevo. Tampoco es cierto, pero, por algún motivo, a nadie le interesa comprobar qué hay detrás de esos bulos sobre los miles y miles de euros y las mansiones en La Moraleja que nos dan según bajamos de las pateras.