Mujeres negras que sanan. Libres de estereotipos

Desde mi niñez conocí la resiliencia de mi mamá, de mi abuela y de mi bisabuela; 3 generaciones forzadas a vivir con fortaleza y valentía, obligadas a seguir el estereotipo de mujer negra, resistente, guerrera, sin emociones y con carácter para afrontar cualquier situación. Para ellas, mostrarse con miedo, dolor o tristeza nunca fue una opción, porque su deber era ser una coraza, como sus antepasadas que resistieron a los actos más violentos y crueles por su color de piel. 

Sin darme cuenta, empecé a imaginarme de esa manera, a percibirme y a actuar como ellas, fui aprendiendo a soportar, a normalizar el dolor, la decepción. Aprendí a no llorar, o al menos a no hacerlo en público. Después de todo, ¿quién era yo para sufrir?, si ni de cerca había vivido las situaciones a las que se enfrentaron ellas.

Mientras crecía, reconocía la importancia de entenderme y sanar; la unión entre mujeres negras y la conciencia histórica se me presentaron como unos de los medios para conseguirlo. Descubrí a Ángela Davis, que en su ensayo: Mujeres, raza y clase, habla sobre las vivencias de las mujeres negras en los tiempos de esclavitud y liberación. Ángela, logró llevarme a la época transatlántica de esclavos, donde las personas blancas desarrollaron una estrategia de control social, cargada de violencia y frialdad hacía las mujeres y hombres negros, siendo las mujeres negras el grupo más violentado, más excluido y olvidado, aquellas no solo se enfrentaron a los golpes, a las largas horas de trabajo no remunerado, a las peores condiciones de vivienda, si no a innumerables violaciones y embarazos forzados a lo largo de su vida.

“El destino de la mayoría de las jóvenes y de las mujeres, al igual que el de la mayoría de los jóvenes y de los hombres, era el trabajo forzoso de sol a sol en los campos. Respecto al trabajo, la fuerza y la productividad bajo la amenaza del látigo tenían más peso que las consideraciones sexuales. En este sentido, la opresión de las mujeres era idéntica a la opresión de los hombres, Pero las mujeres también sufrían de modos distintos, puesto que eran víctimas del abuso sexual y de otras formas brutales de maltrato que sólo podían infligirséles a ellas”

Angela Davis.

Mi viaje hacia la sanación se tropezó con una sociedad violenta, provocadora y necia, con experiencia en ningunear a la mujer negra, y en acecharla en cada momento de voluntad. Una sociedad experta en exigirnos caminos contradictorios, en pedirnos fuerza, pero a la vez docilidad, enojo, pero complacencia, rebeldía, pero sumisión, masculinidad, pero feminidad, sensualidad, pero solo a su disposición.

Bell Hooks, en su libro: “Y acaso no soy una mujer” me mostró cómo a través de estereotipos cimentados en la esclavización, la sociedad nos obligó a seguir dicotomías sin coherencia, que nos llevaron hacia la búsqueda inconsciente y reiterativa de complacer y encajar.

En mi anhelo de entender como la sociedad nos hiere en la cotidianidad, descubrí la investigación de Betty Lozano: Feminismo negro afrocolombiano: Ancestral, insurgente y cimarrón” donde detalló como rompen a las mujeres negras en los territorios.“Desde finales de los años 90, la violencia en Colombia se expresa particularmente en el cuerpo de las mujeres negras, asesinándolas y obligando a otras muchas al desplazamiento… Con el propósito de hacerse al control del territorio los grupos armados legales e ilegales hacen un uso racional de la violencia en la que a través del cuerpo de las mujeres envían un mensaje a la comunidad para que abandone el territorio”.

Durante el proceso de descubrimiento, reconocí a mis hermanas revelándose contra esa cotidianidad forzada y poco igualitaria que han querido hacernos ver como normal. Las encontré y conecté con ellas una tarde en una movilización en Cali dedicada a la lucha por la dignidad del pueblo negro colombiano, allí estaban ellas, un grupo de mujeres negras, que a través de cantos del pacífico, mostraban su hermandad mientras recitaban versos que acobijaban las opresiones que vivimos las mujeres negras en Colombia; me invitaron a unirme y  a cuestionar la pobreza y el desplazamiento que vivimos en nuestros territorios, así como las condiciones de violencia que hemos atravesado como pueblo. 

Las mujeres negras somos víctimas, pero rescatistas también. Silenciadas y obligadas a percibir la violencia y el miedo como algo natural, por ello la sociedad llevó a mis madres y a mí misma a normalizar el caos, a hacer frente a él como un escudo. Tanto así que en mi día a día siempre fue natural que en cada entorno laboral, estudiantil o social, me sintiera obligada a mostrarme fuerte y resistente. Hoy sé que las construcciones sociales me llevaron a esto, a pensar que es la única forma de sobrevivir, de ser respetada, a pensar que debía ser mejor, mi rendimiento debía ser 3 veces superior, no podía fallar, porque de mi imagen dependían todas las generaciones que llegarían después de mí.

“A muchas personas les cuesta apreciar a las mujeres negras tal como son debido a su predisposición a imponerles una identidad cimentada en estereotipos nocivos. Los esfuerzos generalizados por continuar devaluando a la mujer negra hacen que a esta le resulte sumamente difícil, cuando no imposible, desarrollar un buen concepto sobre sí misma, porque a diario nos bombardean con imágenes negativas”

Bell Hooks

Aunque intenté adaptarme a las demandas de la sociedad, hoy abandono la carga que yace en mí, admito que a veces soy sensible y poco vehemente. También lloro, me siento triste y débil. Me atrevo a abandonar la esquina donde nos obligan a estar a todas las mujeres negras; pero, elijo vivir de la mano de ellas, fortaleciendo lazos, amando nuestras diferencias, abrazando nuestros sentires, porque no puedo ser, mientras mis hermanas negras no sean, me reconozco en ellas, en la amistad, en el afecto, los lazos, la empatía, en la sororidad, en nuestros diversos caminos y en las diversas luchas que la otra vive, para tejernos, sanar y avanzar.

De la misma manera, me atrevo a reconocerme como la mujer que siente, que vive, que sufre, que necesita encontrar sus instantes, aliviarse, sanarse a sí misma, a sus hermanas y a sus ancestras.


Bibliografía

¿Acaso no soy yo una mujer? Mujeres negras y feminismo, Bell hooks.

Feminismo negro, afrocolombiano: Ancestral, insurgente y cimarrón. Betty Ruth Lozano.

Mujeres, raza y clase, Angela Davis.


Producción fotográfica: @linamerchan_ph @paulizarazo_

Modelos: @quiquisoy @elizaramirez___

Maquillaje: @dianiramos_makeup @naquillator


Eliza Ramírez

Administradora de empresas, mercadóloga digital y bloggera de temas raciales y de género.
Instagram: @elizaramirez___
E-mail: Elizaramirezrivas2019@gmail.com


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