El monarca europeo genocida que asesinó entre 10 y 15 millones de congoleños

Leopoldo II de Bélgica se hizo con el control del Congo en 1885 (hasta 1908), tras su discurso  —tan elocuente como falaz— en la Conferencia de Berlín de ese mismo año, por el cual se había comprometido a erradicar la trata de esclavos en África oriental, promover políticas humanitarias, garantizar el libre comercio dentro de la colonia y fomentar las empresas filantrópicas y científicas. La falsedad de sus palabras quedó en evidencia cuando salieron a la luz testimonios como el del misionero estadounidense G. W. Williams o los de los escritores Mark Twain (en su obra Leopold’s Soliloquy) y Joseph Conrad (el libro Heart of Darkness), quienes describieron y denunciaron el horror y los crímenes atroces que tenían lugar en el país padecidos por los congoleños a manos de los sicarios contratados por el rey belga, para asegurarse éste la extracción de los recursos deseados. 

El criminal Leopoldo II de Bélgica.

La barbarie sanguinaria de Leopoldo II acabó con la vida de casi la mitad de la población nativa (de 10 a 15 millones), según estudiosos del tema, después de 23 años de explotación y expolio. La industria del caucho llegó a ser una de las más importantes en lo que se había convertido propiedad privada (Estado Libre del Congo) del rey Leopoldo II. En 1887, con la invención de John Boyd Dunlop de los tubos de goma inflables para bicicletas y la creciente popularidad de los automóviles, la demanda mundial de caucho aumentó drásticamente, redundando en una mayor explotación de los nativos y en grandes beneficios económicos para las arcas personales del monarca belga. El marfil también se convirtió en una mina de oro.

Los sicarios del rey 

Para administrar la colonia, Leopoldo II nombró a los jefes de los tres departamentos de Estado: interior, exteriores y finanzas. Cada uno estaba encabezado por un administrador general que estaba obligado a promulgar las políticas del soberano o, en su defecto, a renunciar. Pronto, el Estado pasó a ser propietario de las tierras y de los recursos como el marfil y el caucho del Congo, creando un monopolio de facto controlado por el rey. De esta manera, la Force Publique (FP, en adelante), el ejército privado de Leopoldo II compuesto por mercenarios europeos, se utilizó para hacer cumplir las cuotas de caucho a entregar por parte de los nativos cada cierto tiempo. El incumplimiento de estas cuotas de recolección de caucho se castigaba con la muerte. 

Miembros de la temida Force Publique del Congo

Es más, la FP estaba obligada a proporcionar las manos de sus víctimas como prueba de que habían usado las municiones (importadas de Europa a un costo considerable) en matar a “esclavos ineficientes” y no en la caza de animales. Existen numerosos registros fotográficos en los que se pueden observar hasta mujeres y niños con una o ambas manos mutiladas. El régimen del terror era implacable, donde los asesinatos y las mutilaciones en masa eran frecuentes. Incluso, los soldados de la FP obligaban a los hombres a trabajar bajo la amenaza de violar a sus esposas, hijas, hermanas y madres si no lo hacían. Aquellos que no morían por los abusos y la explotación, perecían a causa de malnutrición y enfermedades múltiples. 

Denuncia de las prácticas criminales

Entre 1895 y 1903 salieron en la prensa europea y estadounidense varios artículos que narraban la realidad del Congo, lo que produjo una fuerte oposición internacional a los actos genocidas perpetrados por Leopold II. La opinión pública hizo presión para que se llevara a cabo una investigación oficial. Y así se hizo. El gobierno del Reino Unido inició las averiguaciones pertinentes y envió a Roger Casement, entonces cónsul británico en Boma (ciudad portuaria en el Río Congo), al Estado Libre del Congo —así fue denominada la colonia belga por el propio Leopold II en una muestra de extremo cinismo, hasta la capital de la misma llevaba su nombre, Leopoldville, actual Kinsasa—. Para 1904, Casement reportaba al Ministerio de Relaciones Exteriores lo siguiente: “La raíz del mal radica en el hecho de que el gobierno del Congo es, ante todo, un fideicomiso comercial, que todo lo demás está orientado hacia la ganancia mercantil”. 

Luego del informe Casement, el cual confirmó lo que habían escrito periodistas como Edmund Dene Morel, se creó la Asociación de Reforma del Congo (CRA, por sus siglas en inglés) en Gran Bretaña por iniciativa del propio Morel. Los miembros de la CRA incluían a los célebres escritores Sir Arthur Conan Doyle y Mark Twain, y a otros personajes como Joseph Conrad, Booker T. Washington y Bertrand Russell. El monarca belga intentó manipular la situación una vez más, sugiriendo reformar él mismo el Congo. Sin embargo, su propuesta fue rechazada y la opinión internacional apoyo el fin del dominio colonial de Leopoldo II en el Estado Libre del Congo. Aunque éste seguiría explotando la colonia africana hasta 1908, cuando el parlamento de Bélgica asumió su administración el 15 de noviembre de ese mismo año como colonia del Congo Belga. Es decir, mismo perro con distinto collar. 

En la imagen, habitantes del antiguo Congo sostienen varias manos amputadas por los colonizadores belgas.

Aún en los años cincuenta continuaban los trabajos forzados, la esclavitud y los abusos contra la población congoleña por parte de los colonos belgas, la esperanza de media de vida no superaba los 40 años. La independencia tuvo lugar en 1960, sin embargo, esto no cambio las cosas. Le sucedieron matanzas, conflictos, dictaduras y, a día de hoy, sigue siendo una colonia. De hecho, hace un año y medio, las grandes empresas tecnológicas estadounidenses fueron acusadas de promover la esclavitud infantil en las minas para la extracción de cobalto en la República Democrática del Congo.

Sylvie Bécquer



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