Haití y la historia de la primera república negra del mundo

En el año 1804 declaraba su independencia la futura República de Haití, convirtiéndose así, en el primer país de Latinoamérica en hacerlo tras una larga lucha de 13 años de duración, conocida como la Revolución Haitiana (1791-1804). Sin embargo, las consecuencias por su rebelión aún perduran a día de hoy, una nación que ha sido condenada a soportar el ostracismo internacional, las continuas injerencias extranjeras y la esclavitud económica por deudas impagables, es decir, sometida a un sistema neocolonial que, en parte, impusieron las viejas metrópolis. Esto ha provocado que la región se haya convertido en la más pobre del continente americano. 

Pero, para comprender en profundidad la trayectoria de este pequeño territorio “independiente” del Caribe, vayamos a las raíces históricas que se hunden en el pasado colonial europeo. El actual Haití —antes La Española, que englobaba también a la ahora República Dominicana— fue de los primeros lugares en los que arribó Colón en su llegada a América, concretamente el 5 de diciembre de 1492. La aniquilación total de los aborígenes de aquellas tierras se hizo efectiva en poco menos de un siglo. Así, la isla pasó a ser uno de los puntos estratégicos de recepción de esclavos en el Caribe. Durante el dominio de la Corona española, la selva fue arrasada para convertir el terreno en vastas extensiones de cultivos de café y caña de azúcar. 

Para el siglo XVII, debido al despoblamiento de las zonas costeras para frenar el auge que estaba teniendo el comercio ilícito —del que la metrópoli no se estaba beneficiando—, y junto con la consecuente ocupación de éstas por parte de bucaneros y filibusteros de origen francés y holandés, España terminó cediendo Haití a Francia en 1697 por el Tratado de Ryswick, constituyéndose así el Saint Dominique caribeño del país galo. La nueva adquisición colonial fue un negocio redondo para los franceses, mediante la cual se producía el 40 % de azúcar y el 60 % de café que se consumían en Europa, a costa de vidas humanas que carecían de valor desde la óptica de los colonos.

La situación de explotación y esclavitud bajo mandato francés se prolongó por casi 100 años más. Una nueva clase social surgió, compuesta por personas mestizas, como producto de las uniones y violaciones entre los dueños de las plantaciones y las esclavas que trabajaban en ellas. Los mestizos nacían libres, incluso algunos tenían la oportunidad de viajar a Francia para recibir educación. Cuando regresaban a la colonia, ocupaban una posición social relativamente buena, llegando a tener esclavos a su servicio. Esto generó resentimiento y envidia entre los oprimidos. La tensión llegó a su grado máximo en 1791, detonando una revolución organizada por los propios esclavos. El proceso emancipador estuvo protagonizado por François Dominique Toussaint-Louverture, quien proclamó la abolición de la esclavitud en 1793 y lideró la insurrección hasta 1802, hasta que fue capturado y desterrado a Francia.

Numerosas fueron las pérdidas humanas ocasionadas por el conflicto, que duraría 13 años. Pero, los campos de cultivo también quedarían diezmados. Los franceses fueron expulsados de la isla en 1803, en la batalla de Vertières. Así, el 1 de enero de 1804 se declaró la independencia de Haití, siendo la primera república negra del mundo —y, también, aunque borrada de los libros de historia, supuso la primera rebelión de esclavos negros exitosa. El sucesor de Toussaint-Louverture, el antiguo esclavo Jean-Jacques Dessalines, se autoproclamó emperador de Haití con el nombre de Jacques I


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Desgraciadamente, y a pesar del aparente triunfo sobre los colonos, la cosas no marcharon bien. O, mejor dicho, los países europeos colonizadores, junto con Estados Unidos, no dejaron que funcionase como debiera, urdiendo toda clase de obstáculos que impidieron, al fin, que Haití prosperase y fuese independiente en el más amplio sentido de la palabra. Por ejemplo, Francia, en un arrebato de ira por no haberse salido con la suya —el verse derrotada por esclavos negros infligió una herida profunda en su patológico ego—, impuso a la nación emergente una deuda de 900 millones de francos de oro de la época —en 2004 esta cantidad equivalía a unos 21 000 millones de dólares—, en concepto de reparaciones “por los daños causados”. Tiene tela el asunto. Pero no fueron los únicos en arremeter contra la región antillana. Estados Unidos, que se autodenominaba “país de la libertad”, le pareció intolerable el hecho de que un Estado soberano estuviese formado por antiguos esclavos negros, por lo que no reconocieron la independencia de Haití hasta 60 años más tarde. 

A todo ello, hay que añadirle los conflictos internos por los que atravesaba la nación caribeña. Las divisiones entre los ex esclavos —mayoría— y los mestizos —minoría— eran insalvables. Los primeros se quedaron en el reino del norte y los segundos en la república del sur. Como era previsible, la inestabilidad tanto política  —nunca hubo una cohesión entre los dirigentes—, como económica —el ostracismo social impidió, en gran medida, el comercio y las deudas contraídas con Alemania y Estados Unidos para pagar a Francia se hicieron enormes— y social fueron y son constantes en Haití. 

De hecho, el endeudamiento era tal, que EE. UU. invadió militarmente el territorio haitiano entre 1915 y 1934. En ese período, y con la excusa de salvaguardar los intereses de las empresas estadounidenses, Estados Unidos cambió la constitución de Haití, contribuyendo de muchas maneras a su inestabilidad en curso. Finalmente, los haitianos cerraron su deuda con Francia en 1947. Sin embargo, el país seguía sumido en la bancarrota económica, destinando gran parte del gasto pública a pagar deudas y, consecuentemente, la dependencia de préstamos y créditos internacionales se acrecentó. 

Para rematar, en la década de 1950 tuvo lugar un golpe de estado que daría paso a la denominada dictadura de Duvalier, que se dividió en dos períodos: de 1957 a 1971 gobernó François Duvalier, conocido como Papa Doc, y de 1971 a 1986 su hijo y sucesor, Jean-Claude Duvalier, apodado Baby Doc. Ambos dictadores marcaron una época de oscuridad y derramamiento de sangre en Haití. Para colmo, cuando se exilió Baby Doc en 1986 no lo hizo con las manos vacías, se llevó 900 millones de dólares consigo y dejó al país en la absoluta miseria. Ello trajo más endeudamiento a la sociedad haitiana y ésta se declaró insolvente. La corrupción e inestabilidad política continuó en los años posteriores.

Como guinda del pastel, en 2010 murieron 300 000 personas a causa de un terremoto que devastó al país. El Banco Mundial y el FMI decidieron cancelar la deuda de Haití y 9 000 millones de dólares llegaron a la isla antillana a través de diferentes oenegés para paliar los destrozos causados por el sismo. Pero, según un estudio publicado en 2020, solamente el 0,9 % de la ayuda fue a parar al Gobierno haitiano y el 0,6 % a manos de organizaciones locales. ¿Y el resto del dinero? En palabras de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID, por sus siglas en inglés), más de la mitad acabaron destinándose a organizaciones estadounidenses como la Cruz Roja norteamericana, entre otras, la cual aseguró que construiría casas para 130 000 personas, de las que solo había edificado seis para 2020. USAID prometió 15 000 hogares y hasta la fecha ha construido 900. En una investigación, realizada por la radio estadounidense NPR, en la que se intentó descubrir a dónde había ido a parar el resto del dinero, se llegó a una cadena de proyectos mal gestionados, gastos cuestionables y dudosas afirmaciones de “éxito”. 
Actualmente, Haití se encuentra en una situación muy delicada, sumido en protestas por la corrupción, la violencia y la escasez de alimentos —las tierras están en mal estado, nunca se recuperó el nivel de producción de la época colonial, el año pasado incluso las exportaciones fueron menores a las importaciones— y con una deuda que asciende a más de 3 000 millones de dólares, lo que significa un 25,1 % del PIB. En 2016, el huracán Matthew se cebó con la isla dejando un millar de muertos y daños económicos estimados en 1 900 millones más. En estos momentos, el 84 % de la población haitiana se encuentra en la pobreza y la esperanza de vida promedio no supera los 63 años. Sin contar con los numerosos abusos de los cascos azules de la ONU hacia las mujeres y los niños haitianos en sus misiones de “paz” entre los años 2004 y 2017. Llegados a este punto, puede afirmarse que los antiguos colonos, ahora neocolonialistas, lograron su objetivo.

Sylvie Bécquer



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