El arduo camino de las monjas católicas afroestadounidenses por la igualdad racial y cómo fueron borradas de la historia por ello

El hábito de las primeras monjas afroestadounidenses no alejó la adversidad de sus vidas consagradas al Señor y su Iglesia. Por el contrario, supuso otro hándicap más que engrosó la lista de desventajas que padecían las mujeres negras en el país. La discriminación y segregación racial eran voraces. Aquellos que se autodenominaban hombres de Dios, y que desde el púlpito de la iglesia predicaban el imperativo de amar al prójimo, eran los mismos que no dudaban en maltratar a sus semejantes por tener la piel negra.

Hermanas Oblatas de la Providencia en la actualidad. Foto CHIAKI KAWAJIRI

En este sentido, la negativa de las monjas blancas a vivir en igualdad de condiciones con sus homólogas negras fue uno de los principales detonantes para la creación de las primeras hermandades afroestadounidenses en el siglo XIX. Así, la orden de las Hermanas Oblatas de la Providencia, fundada por la Madre Mary Elizabeth Lange en Baltimore, Maryland en el año 1828, se convirtió en la primera comunidad permanente de hermanas católicas afrodescendientes en los Estados Unidos. 

Dicha congregación, encabezada por Lange, se dedicó a educar y evangelizar a los afroamericanos, tanto a mujeres jóvenes como adultas. También proporcionó hogar a las niñas negras huérfanas y dio educación a las esclavas que habían sido liberadas, e incluso algunas fueron admitidas en la orden. Las hermanas cuidaron a los enfermos terminales durante la epidemia de cólera de 1832 y albergaron a los ancianos que se encontraban en situación de desamparo. Algunos biógrafos afirman que fue la profunda fe de la Madre Mary Elizabeth Lange la que, contra todo pronóstico —con obstáculos como la injusticia racial y la pobreza—, la que le llevó a lograr con éxito tal empresa. 

A esta hermandad le seguirían otras muchas más que enfrentaron mil y una dificultades por el mero hecho de que sus integrantes desafiaban el canon misógino y racista establecido por la Iglesia católica en tiempos coloniales, en los cuales se hunden las raíces esclavistas de la mencionada institución religiosa. 

Por ejemplo, la orden de las Hermanas de la Sagrada Familia es la segunda más antigua —después de la de las Hermanas Oblatas de la Providencia—, creada por la Madre Henriette DeLille en la ciudad de Nueva Orleans, Luisiana en 1842. Posteriormente a la Guerra de Secesión, esta congregación compró edificios en los que se había practicado el tráfico y la explotación de esclavos para reconvertirlos en colegios. Uno de ellos, se denominó Academia de Santa María para Jóvenes Damas de Color (1867), la primera escuela secundaria de Nueva Orleans para afroestadounidenses en el estado. 

Siguiendo con el hilo anterior, en palabras de la Dra. Shannen Dee Williams, autora del libro Hábitos subversivos: La historia no contada de las monjas católicas negras en los Estados Unidos, la Iglesia católica romana se convirtió en “la primera institución mundial en declarar que la vida de los afrodescendientes y los nativos americanos no importaba”. La investigadora afirma con rotundidad que esta institución no solo fue “el mayor esclavista corporativo de América”, sino que también “creó políticas que prohibían a los afrodescendientes e indígenas ingresar a la vida religiosa únicamente sobre la base de la raza para garantizar y perpetuar su subyugación”. 

Madre Mary Elizabeth Lange

Ya para la segunda mitad del siglo XX, concretamente en 1968, tuvo lugar la formación de la Conferencia Nacional de Hermanas Negras (NBSC, por sus siglas en inglés) que significó un antes y un después en la historia de la vida religiosa femenina afroamericana. Nunca antes se habían reunido monjas negras en ninguna parte del mundo en un escenario nacional para protestar explícitamente contra el racismo en la Iglesia católica. Los líderes de la NBSC pensaban que una forma de enfrentar el racismo y las fallas morales de su Iglesia en la relación con la comunidad negra era contar sus historias. 

Y así lo hicieron. Pero, a pesar de sus esfuerzos, y como expone la autora Shannen Dee Williams, “las hermanas blancas, individual y colectivamente, depuraron archivos de materiales que documentaban la existencia y los esfuerzos de las monjas negras en la Iglesia estadounidense primitiva”. Es decir, sus contribuciones fueron desaparecidas deliberadamente. Tampoco se han examinado y tenido en cuenta las aportaciones de las hermanas afroestadounidenses durante el siglo XX, cuando sus luchas contra el racismo y el sexismo en la Iglesia cobraron mayor fuerza. 

Asimismo, resulta fundamental hacer hincapié en el consiguiente borrado histórico al que se han visto sometidas todas y cada una de las monjas afrodescendientes que contribuyeron en alguna forma a combatir la supremacía blanca, el racismo, el sexismo y la misoginia dentro y fuera de la vida religiosa. Williams asevera que “las historias de las hermanas negras en los Estados Unidos se borraron intencionalmente de los registros oficiales”. De igual manera, el registro histórico revela que las hermanas negras y sus escuelas eran objetivos frecuentes de los supremacistas blancos que veían a estas mujeres y sus instituciones como amenazas al status quo racial y sexual. Por ende, “el viaje de las hermanas católicas negras en los EE. UU. es una historia pasada por alto de la larga lucha negra por la libertad, la dignidad y la integridad corporal”, según Williams.

Sylvie Bécquer


Sawabona, palabra que proviene del África del sur, significa “Yo te respeto, yo te valoro, eres importante para mí”. Si te gusta nuestro contenido con cada donación Ko Fi nos estás diciendo SAWABONA.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.