Bessie Coleman, la primera mujer negra piloto de aviación que promovió la igualdad de derechos hace casi 100 años

Después de recibir su licencia como piloto internacional en la Fédération Aéronautique Internationale de Francia, la afroestadounidense Bessie Coleman, conocida también como “Brave Bessie” o “Queen Bess”, retornó a su país natal en septiembre del año 1921 con la idea de inspirar a los suyos y montar una escuela de aviación exclusivamente para negros. Todo ello, con el objeto de luchar contra lo que Coleman consideraba los grandes males de la sociedad americana de aquella época: el racismo, el sexismo, la pobreza y la ignorancia. Después de 100 años, ¿seguirán siendo éstos los problemas de hoy?

Nació el 26 de enero de 1892 en Atlanta, Texas. Uno de los estados más represivos y segregados del momento, como las demás regiones del sur. Fue la décima de trece hijos. Su padre tenía ascendencia cherokee y negra y su madre era afroamericana. Siendo aún muy pequeña, se mudó con su familia a Waxahachie, una pequeña ciudad al sur de Dallas. Pasaron dificultades económicas debido a que su padre tuvo que marcharse en 1900 a Oklahoma —en aquel entonces considerado territorio indio—, pues ser indígena en Texas era incluso más peligro que ser negro. La familia Coleman tuvo que trabajar arduamente para sobrevivir. Los niños ayudaban recogiendo algodón en los campos y las niñas contribuían en el servicio de lavandería que ofrecía la madre a los vecinos a cambio de un precio módico. 

A pesar de las carencias materiales, la futura aviadora consiguió terminar la escuela secundaria. Desde temprana edad, sintió el impulso de superarse a sí misma, por lo que Coleman era una ávida lectora. También accedió a la universidad, la Langston Industrial College —actualmente Langston University— pero, solo pudo pagarse un semestre con sus ahorros, así que se fue a vivir a Chicago con su hermano mayor John. Allí, asistió a la Burnham School of Beauty Culture en 1915 para un curso de manicura. Pronto fue reconocida como la mejor y más rápida manicurista del Chicago negro. 

Por aquel entonces, Coleman se hizo asidua leyente del periódico Chicago Weekly Defender y su editor, el afroamericano Robert S. Abbott, se convirtió en su héroe. Precisamente en Chicago, surgiría en la mente de la joven la firme convicción de pilotar aviones. Fue una casualidad, o quizás no, que al termino de la Primera Guerra Mundial, empezaran a aparecer con regularidad titulares y fotografías de pilotos montados en aviones utilizados en dicho conflicto armado. Al ver estos hombres ‘voladores’, Coleman pensó que ésta podía ser una salida para prosperar, tanto para ella misma como para otros afroestadounidenses. Ilusionada, se lo comentó a su hermano, pero le contestó: “Ustedes, las negras, nunca van a volar, no como esas mujeres que vi en Francia durante la guerra”. Sin embargo, ella no se vino abajo y respondió: “Eso es todo. Lo acabas de resolver por mí”. En ese preciso momento, Bessie Coleman decidió aprender a volar. A partir de aquí, el sentido de su existencia cobró vida. 

Así, la aspirante a aviadora se postuló para casi todas las escuelas de vuelo estadounidenses, no obstante fue rechazada rápidamente. Habían dos razones principales: su color de piel y su sexo. También lo intentó en algunas académicas canadienses, pero la respuesta fue la misma. Aunque, lejos esto de ser un obstáculo, se convirtió en un reto aún mayor para Coleman. Entonces, si no podía ser en América, sería en Europa. Con la ayuda del editor del Chicago Weekly Defender, Abbott, con quien había entablado una amistad, puso su foco de atención en Francia, donde todavía poseían una especie de ‘aeromanía’ y eran más liberales en sus actitudes hacia las mujeres y los negros. Siguiendo el consejo de Abbott, Coleman aprendió francés en una escuela de idiomas de la ciudad y comenzó a escribir solicitudes a las academias de aviación francesas. 

Para el 20 de noviembre de 1920, ya se encontraba cruzando el charco en dirección al viejo continente. Fue aceptada en la escuela de vuelo más famosa de Francia, la École d’Aviation des Freres Caudron et Le Crotoy. Durante diez meses, Coleman caminó cada día de la semana hasta la institución y, mientras estaba en el aire, dominó las técnicas aéreas que le enseñaban. Los aviones eran frágiles y los estudiantes nerviosos a menudo resultaban muertos. A pesar de ello, la tenaz aspirante no dio un solo paso atrás hasta conseguir su objetivo. El 15 de junio de 1921 fue declarada aviadora cualificada y se le concedió la licencia de piloto internacional no. 18 310. 

Tres meses más tarde regresó a su país, a Nueva York, en el transatlántico Manchuria. Coleman buscó empleo como aviadora comercial y trató de adquirir un avión propio, pero fue rechazada nuevamente. Se negó a aceptar un no por respuesta, así que en mayo de 1922 volvió a Europa para obtener capacitación avanzada en aviación. Recorrió varios países, entre ellos Francia, Alemania, Países Bajos y Suiza. Tuvo la oportunidad de estudiar con el renombrado piloto alemán de la Gran Guerra, el Capitán Keller y probó aviones en los Países Bajos para Anthony Fokker, el “Flying Dutchman”. Incluso en Alemania fue elogiada por pilotar el avión más grande e incómodo jamás pilotado por una mujer. De esta manera, con sus credenciales del Aero Club de Francia y varios artículos de periódicos europeos que mostraban  sus hazañas bajo el brazo, volvió a Nueva York en agosto de 1922. 

Rápidamente, “Queen Bess” comenzó a hacer exhibiciones aéreas por el país, sobe todo en Nueva York y Chicago, en las cuales solía honrar la memoria de los regimientos constituidos por afroamericanos que perdieron la vida en la Primera Guerra Mundial. Los periódicos ya no la ignoraban como antes, se abrió paso en las portadas de diarios como el New York Times o el Chicago Tribune. Así, cada vez acudía más gente a sus actuaciones y atrajo tanto al público negro como blanco. Coleman siempre se negó a actuar delante de audiencias segregadas. El primero se enorgullecía de su valentía, simbolizando la esperanza de que algún día la comunidad afroamericana en su conjunto podría cruzar los cielos como ella. Con el dinero conseguido, Coleman recaudaba fondos para montar una escuela de aviación exclusivamente para negros. 

Antes de que terminara el año, se le presentó la oportunidad de protagonizar la película Shadow and Sunshine, que sería producida por una compañía cinematográfica de propiedad afroamericana. Sin embargo, no se presentó a la filmación porque sintió que degradaba su raza. Esto se debió a que en la primera escena se le requería que usara ropa hecha jirones, con un bastón y una mochila a la espalda. Claramente, daba la imagen despectiva que la mayoría de los blancos tenían de los negros. 

En los años siguientes, “Brave Bessie” continuó realizando acrobacias en el aire. Tuvo un pequeño receso en 1923 por un accidente, pero luego volvió a retomar su actividad. La influencia de Coleman se extendió más allá de las líneas raciales de la sociedad e incluso logró inspirar a jóvenes blancos que con su ejemplo siguieron la carrera de aviador, como el caso de Paul McCully

Finalmente, la querida y admirada Bessie Coleman perdió la vida en los cielos durante una de sus exhibiciones por una falla mecánica el 30 de abril de 1926. Pero su legado no hacía más que comenzar. El sueño de Coleman de una escuela de vuelo para afroamericanos de hizo realidad cuando el teniente William J. Powell estableció el Bessie Coleman Aero Club en 1929, en Los Ángeles. En Black Wings (1934), Powell escribió lo siguiente: “Gracias a Bessie Coleman hemos superado aquello que era peor que las barreras raciales. Hemos superado las barreras que habían dentro de nosotros mismos y nos hemos atrevido a soñar”.

Sylvie Bécquer


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