“Si no se lo harías a una persona blanca, ¿por qué te parece correcto hacérmelo a mí?”

Es sábado a la noche y la pandemia no existe. ¿Te acordás de esas noches?
Es sábado y te vas a juntar con tus amigas, porque es el punto alto del fin de semana y se van a ir de copas. En la semana te compraste una blusa que ya sabes cómo combinar – tacos altos y unos labios intensos- y que no aguantas las ganas para estrenarla. El chat de WhatsApp está inundado de mensajes de las chicas, pero no tenés tiempo para mirarlos porque estás en el medio de la cirugía ocular llamada delineado de ojos. Te quedó impecable. La ropa, el maquillaje, el pelo, todo como vos querías. Se te saltó el esmalte en una uña, lo emparchas como podés porque se te hace tarde y todavía necesitas encontrar un Uber. Llega el auto, la tarifa estaba un poco alta porque es sábado a la noche y la demanda es mucha, pero lograste subirte emprender camino a tiempo. Finalmente abrís WhatsApp, para avisarle a las chicas que estás en camino y les mandás los datos del chofer (somos mujeres y el mundo nos obliga a tener red de contención); acto seguido abrís Instagram y empezás a pasar stories hasta llegar a tu destino.
 

Foto de Nyara Aquino en Pexels

La puerta de entrada al bar está llena de gente, gente saludándose, recibiendo el sábado a la noche. Algunos se dan vuelta para mirarte pasar, otros ni levantan la cabeza del celular. Lográs atravesar la muchedumbre y cruzar la puerta, estirando tu cuello (bien ahí con esas clases de yoga) buscás a tus amigas, en el chat había una foto de dos de ellas con una jarra de cerveza, para hacer la espera más amena. Te abrís camino por el bar, sentís las miradas en la nuca y voces sordas en los oídos, pero no se te infla el ego. A pesar que la blusa te queda increíble y vos estás hermosa (vos sos hermosa), las miradas siempre están, tengas puesta la blusa o esa camiseta que amás pero que está pidiendo retiro voluntario y que no encontrás la fuerza para dejarla ir. Escuchas una risa inconfundible, la seguís porque sabés a donde te va a llevar. La mesa de la esquina te recibe con sonrisas y palabras afectivas “Qué linda que estás”, “Ay por favor, me encanta esa blusa. Decime ya dónde la compraste”, “Amiga, ese delineado te quedó increíble”. Una mano te extiende un vaso con cerveza y no dudas. Qué lindo que es el sábado a la noche. Los minutos van pasando, el resto de las chicas van llegando y la noche va empezando. Aún no terminan la primera ronda de tragos cuando arranca la conversación sobre chicos: a quién le rompieron el corazón en la semana, quién tuvo la peor cita y todas se preguntan si el romance está muerto. Para la segunda ronda, los dramas laborales toman el escenario central, la que no se siente reconocida en el trabajo, la que la acaban de llamar para una entrevista y piensa en aceptarla para “tantear las aguas” y la que está estresada pero feliz con su emprendimiento. Se ponen a hablar de sueños y fantasías e, inmediatamente, empiezan los recuerdos de papelones pasados, los cortes de pelo que no favorecían, y las tendencias de moda que desean que no vuelvan nunca más. Deciden que van a ir por una tercera ronda, pero les parece mejor salir de la mesa, mezclarse con la gente del bar, hacerse amigas de la música. Es sábado a la noche y la noche del sábado siempre está llena de posibilidades.  

Se ubican cerca de la barra, pero lejos del corredero donde pasa la gente. Divide y conquistarás dice el refrán, un par se van a hablar con un grupo de chicos mientras vos, junto con otras, piden los tragos. Se encuentran a mitad de camino, todos charlan, se ríen, se van moviendo al ritmo de la música sin bailar. El cuerpo entiende de las frecuencias y vos estas vibrando alto. Deciden que hay que bailar. Se mueven hacia un espacio improvisado como pista y el ritmo les marca los pasos.  No sabes en qué momento se fueron, pero el grupo de chicos no está más. Quizás el romance sí esté muerto. Pero empieza a sonar esa canción, la canción de ustedes, que las hace estallar en un frenesí y nada importa, porque es sábado a la noche y todavía tenés un vaso lleno en tu mano. 

El bar no está colmado, pero tampoco vacío. La medida justa para que la noche esté llena de promesas.  Un chico necesita pasar por el medio del espacio conquistado por vos y tus amigas para acceder a la barra. Le abren paso. Sin embargo, él pasa muy cerca de una de las chicas, tan cerca que parece que le toca el culo. Unas lo miran, otras lo empujan. El chico dice algo, nadie lo escucha. Vos te preocupas y le preguntas a tu amiga si está bien y si efectivamente la tocó; tu amiga les dice a todas que se queden tranquilas, que nada que ver, que el chico ni la rozó. Les agradece igual por salir en su defensa y se siente un poco mal por el trato que el chico recibió.  La noche sigue. La música no para. Estás por terminar tu trago y te das vuelta asombrada de que tus pensamientos se hayan escapado de tu cabeza al escuchar un “¿Vamos por otra ronda más o no da?”. Todas se ríen. Dudan. La noche del sábado tiene esa imprevisibilidad. La música retumba y vos estás pensando si vas por un trago más, tus amigas también; la gente pasa por al lado tuyo y sentís las miradas, pero las desestimas, como venías desestimando toda la noche los murmullos que sabés que están, pero son mudos. Pasa una, pasa dos, pasa tres. Te acomodas para dejar a la próxima persona a la barra, pero eso no sucede. De repente, sin mediar palabra, esta persona se para frente a vos, mirándote sin verte, te agarra de la cabeza, intentás mover tu cuello de yoga y empujarla con tus brazos, pero esta persona fue más rápida. Mirándote sin verte, empieza a pasar sus dedos por toda tu cabellera, estira cada uno de tus rulos hasta su máxima extensión, los envuelve y enrosca en sus manos, jugando, entreteniéndose, alborotándote bien el pelo. Cuando lo considera suficiente se detiene y, por primera vez, te ve y sonríe. Se va diciendo: “quería saber cómo se sentía”.  

El mundo se pausa y estás de nuevo en esa situación. Tus amigas no entienden qué acaba de pasar, pero se ahogan en risas de asombros y te preguntan si estás bien; buscan tranquilizarte confirmándote que no tenés nada de qué preocuparte porque no te despeinó (¿despeinada? Como si eso fuera lo primero que se te vino a la mente; ellas no pueden dimensionar lo que te acaba de pasar y lo sabes). Insisten para ir por una ronda más, así se olvidan de esas “situaciones molestas”. Vos estás en pausa, gritando para adentro, te ahogas. Estás de nuevo atrapada en vos misma. No les respondes. Les haces un gesto y empujas a todos para llegar al baño; y, por supuesto, hay fila. “Pasá que yo solo estoy esperando a una amiga” te dice quien estaba adelante tuyo.  “Ay, disculpame pero me encanta tu blusa. ¿Dónde la compraste?” te pregunta una chica que se está lavando las manos. Escuchas que te dice algo más, pero vos miras absorta a dos chicas que le sostienen el pelo a su amiga, que está olvidando a su ex en el inodoro. Salís del baño aturdida, pero tus amigas te están esperando con un trago. Sí, pidieron otra ronda más- invitación de ellas, dicen. Te arrastran a la pista de baile. La música revienta en tus oídos. Pero vos no estás más ahí, vos estás en vos misma. “Quería saber cómo se sentía”.  Ellas bailan y quieren que vos bailes también. “Dale, cambiá la cara que es sábado a la noche” te arengan mientras te toman de los brazos moviéndolos como los de una marioneta. Total, no te despeinó; tu pelo está tan lindo como cuando entraste al bar, lo comprobaste en el espejo del baño. “Dale, movete que es un temazo” Te desprendés del agarre. No querés que nadie más te toque. ¿Cómo no lo ven? Pero ellas también son personas blancas, son la norma y nada en ellas hace que otro necesite “saber cómo se sentía”. Te apartas del círculo de tus amigas, te acomodas el pelo en un rodete y te vas. Porque todo sábado a la noche también tiene que terminar. Estás en el Uber de vuelta y en el chat tus te reclaman por haberte ido tan temprano, que la noche recién empieza y te estás perdiendo lo mejor. ¿Les contestas? ¿Les explicas? Y te preguntás si lo entenderían. 

 “Quería saber cómo se sentía”.  Se siente indigno. Se siente humillante. Se siente violento. Se siente como si fueras un objeto en exhibición. Te agarraron, tocaron y manosearon. El pelo. Sí, el puto pelo. Porque esa persona blanca “quería saber cómo se sentía”. Porque esa persona blanca pensó que estaba bien violentar tu espacio personal para satisfacer su morbo. Porque esa persona blanca no entiende que su morbo es racista. Porque esa persona blanca no entiende que está actuando desde el privilegio. Porque esa persona blanca, jamás pensaría en tocar, manosear, agarrar a otra persona blanca para satisfacer su necesidad de “saber cómo se sentía”.  Entonces, ¿por qué lo hizo con vos? Vos lo sabes. Yo lo sé. Ellos no lo saben. El pelo de la gente negra, y de las mujeres negras en particular, tiene una lectura tan grabada en la historia de la opresión blanca que por cada fibra que te tocan, se escucha el repiqueteo de los grilletes esclavistas. Y estás ahí, atrapada en vos misma. Gritándoles a todos, pero diciéndole nada a nadie. Porque esta no es la primera vez en la semana que te pasa esto, ¿no? Como es sábado a la noche, y voy a ser generosa y promediar para abajo, quizás sea la cuarta vez que te pasa en la semana, pero la primera que efectivamente lograron tocarte. Porque los “casi te tocan el pelo” ya los dejaste de contar hace años ¿no? La persona atrás tuyo en la fila de un trámite que estira la mano con muy poco disimulo o quizás tu compañero de trabajo durante el almuerzo diciéndote “qué divertido que es tu pelo” y te pregunta si lo puede tocar o la chica con la que entrenas en el gimnasio que necesita saber qué crema de peinar utilizas mientras extiende su mano rumbo a tu cabeza. Esos ya ni cuentan. Yo ya ni los cuento.  

Cualquier persona blanca leyendo esto se preguntará ¿El pelo? En serio ¿el pelo? Y yo te digo: sí, el puto pelo. A vos, querida persona blanca, ¿cuán seguido te pasa que un desconocido te pregunte si puede tocarte el pelo? Posiblemente alguna vez te haya pasado, pero de seguro el número es chiquito (porque ese tratamiento de queratina, lo admito, te quedó fantástico). Y, aunque las respuestas afirmativas sean pocas, puedo estar segura que jamás te tocaron el pelo sin habértelo preguntado antes y mucho menos te agarraron inmovilizándote la cabeza para poder pasarte los dedos mejor.  “Pero es que es muy lindo”. “Es una forma de halago, che”, pensarán.  Si no se lo harías a otra persona blanca, ¿por qué crees que podés hacérmelo a mí? Preguntarle a una persona negra si le podés tocar el pelo cuando no se te ocurriría jamás hacérselo a otra persona blanca (por más intriga que tengas acerca del alisado de queratina) perpetúa aún más el trato desigual que una persona afrodescendiente recibe diariamente; y continúa alimentando la narrativa de la supremacía blanca. Porque tú pelo, el pelo de una persona blanca, es entendido como “normal” y todo lo que quede fuera de eso, es aberrante, es lo “distinto”, es lo “otro”. 

Pero a vos, hermana, ni siquiera te preguntaron. Ni siquiera tuvieron esa “decencia”. A vos te lo tocaron, sin tu permiso. Y eso, ¿por qué? Dejame contarte algo: a principios de los 1800’s una mujer africana Sara Baartman (nativa de lo que hoy es conocido como Cabo Oriental en Sudáfrica) fue vendida como sirvienta en Europa. ¿Qué le hicieron? La convirtieron en una atracción turística: la pusieron en una jaula donde la exponían desnuda, porque los europeos encontraban su cuerpo “fascinante”. En 1906, Ota Benga  (de la etnia pigmea batwa del Congo) fue puesto en exhibición en el zoológico del Bronx de los Estados Unidos…en la jaula de los monos. Relatos como estos se multiplican por los miles a lo largo de la historia de la humanidad; porque, desde hace siglos, las personas afrodescendientes hemos sido miradas con escrutinio y tratadas como animales de exhibición, todo por el entretenimiento y la fascinación que el público blanco siente por nuestros rasgos y por nuestros cuerpos, que ellos convenientemente etiquetaron como “otros”. 

“Quería saber cómo se sentía”.  Porque la narrativa se podrá haber actualizado y ya no nos ponen en jaulas, pero la esencia queda intacta. Porque todavía somos “los otros”. Porque el privilegio blanco aún es la narrativa oficial sino no habría gente que necesita “saber cómo se sentía”. Gente que ignora que ese privilegio blanco es el motivo por el que piensa que está bien actuar sobre la curiosidad que le genera lo “otro”. Gente que piensa que está bien tocar una parte del cuerpo de ese “otro” que se ve tan distinto a ellos sin pedir permiso, sin preguntarle, sin mirar, gente que considera que su derecho de “saber cómo se sentía” está por encima de reconocer al “otro” como una persona. 

Querida persona blanca, ¿seguís acá? color de piel es un privilegio. ¿Lo estás empezando a ver? Vos no tenés que lidiar diariamente, y desde que tenés uso de razón, con el morbo que alguien tiene de “saber cómo se sentía” alguna parte de tu cuerpo. Es más, si preguntarle a una persona negra si le podrías tocar el pelo, como mínimo, le va a evocar sentimientos de “otredad” haciéndola sentir en exhibición: su cuerpo, nuevamente, siendo visto como entretenimiento y consumo; entonces, tocarle el pelo sin su permiso ¿qué provocaría? Y esta es la pregunta que me gustaría que respondas vos. Ella y yo, ya sabemos la repuesta; vivimos la respuesta. Por eso, persona blanca que está leyendo, te pregunto a vos ¿cómo creés que se siente que alguien toque una parte de tu cuerpo sin tu consentimiento? 

Y a vos, hermana, que estás en el Uber a casa, con el pelo atado en un rodete mirando la pantalla del celular, te abrazo y te doy fuerza. Porque, vos y yo, sabemos que esto va a volver a pasar. 




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