Aprender de la madres negras para educar en el antirracismo

Foto de Nicholas Githiri para Pexels

Cuando era una niña, todos los días, antes de ir al colegio, mi madre me cogía de los hombros y me decía “recuerda que eres una persona maravillosa y nadie tiene derecho a hacerte daño”. No recuerdo cuando empezó este ritual, ni cuando acabó. Supongo que empezaría después de alguna agresión verbal racista que sufrí en el colegio y que terminaría en ese momento de la preadolescencia en que la cercanía íntima con tu madre te parece demasiado infantil. Las niñas negras y racializadas y nuestras familias necesitamos esto. Necesitamos un recordatorio para nosotras mismas y para los demás de que no somos quienes el mundo en general nos dice a menudo que somos: criminales, prescindibles, perezosas, sucias, salvajes o incultas.

Si únicamente aceptamos las cosas como están y no desafiamos el sistema que oprime a las personas y mujeres negras y racializadas, entonces colaboramos en la opresión y la de nuestras hijos. 

Las madres negras en Europa y América saben que sus hijas e hijos son sospechosos ante la sociedad. Cualquier madre negra sabe que sus hijos e hijas tienen más probabilidades de ser detenidos, violentados, golpeados, insultados y mancillados por los estamentos policiales que otras cualquiera.  Aquí, en mi país, durante el estado de alarma del confinamiento, las personas violentadas y agredidas por la policía por saltarse el confinamiento son en su inmensa mayoría negras y racializadas.

Muchas familias hablan de sentir miedo y ansiedad una vez que asumen que han tenido una hija. Pero las mujeres negras conocemos especialmente el miedo y hacemos todo lo posible para que no llegue a nuestros hijas e hijos.

La familia es el primer lugar donde aprendemos a entender nuestras identidades y nuestra ideología. Las familias blancas, por regla general, no tocan el tema racial en la educación de sus hijos e hijas. Normalmente los padres blancos comunican mensajes del tipo de que el color de la piel no importa (ceguera racial) y que todos somos iguales, mensajes que los niños y niñas saben que no son ciertos, ya que desde su propia experiencia en el colegio conocen desde muy pequeños todas las diferencias sociales, económicas e identitarias que implica un color diferente de piel. Cuando se les pregunta, estos padres a menudo admiten que les incomoda hablar de raza y racismo. 

Las madres negras no tememos hablar de la raza, sino al efecto en nuestros hijas e hijos de la opresión racista. Tenemos miedo porque tenemos que dejar a nuestras hijas e hijos en un mundo donde el racismo institucional lo impregna todo de una manera a veces sutil, a veces brutal.  En una comisaría, en el hospital, en un parque infantil, en la guardería, el racismo contamina a toda nuestra sociedad, y las madres negras no podemos mirar para otro lado y esperar que nuestras hijas e hijos aprendan sobre un racismo, que desde muy niños han empezado a experimentar.

Las madres negras hemos desarrollado una tradición de transmitir a nuestros hijos una cultura que lucha contra el racismo y una nueva generación de madres está empezando a cuestionar el patriarcado. En nuestra tradición comunitaria está la extensión de los cuidados más allá del núcleo familiar directo. Tenemos redes familiares extendidas y enfoques colectivos para el cuidado de los niños, lo cual ayuda a que la emancipación sea más fácil en muchos casos. No me engaño, las costumbres, la religión y las tradiciones tienen mucho peso todavía, sobre todo en Europa. Pero estamos en el camino, utilizando esas redes y esa manera comunitaria de crianza el camino se hace más fácil.

Aprender a lidiar con un mundo hostil por nuestra cuenta y con la ayuda de familiares y amigos puede convertirnos en una roca. Esta fortaleza puede ser motivo de orgullo, pero también de duelo cuando una comienza a pensar en todas las dolorosas razones estructurales e históricas por las que las mujeres negras han tenido que ser tan fuertes. Las madres negras no pueden permitirse el lujo de que su crianza no sea antirracista.

Para educar y preparar a nuestros hijos e hijas para la edad adulta, no podemos simplemente aceptar el mundo tal y como es. Debemos contribuir a su transformación y enseñarles a ser agentes decisivos de esa transformación.


Marián Cortes Owusu

Educadora. En mis ratos libres redactora en Afroféminas


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