El «techo verde» de las personas racializadas en el activismo ecologista

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Una piensa que en determinados ambientes no puede haber racismo ni discriminación. Cree que las personas que dicen amar el medio ambiente son conscientes de las dinámicas de prejuicios raciales que asolan nuestra sociedad. O que las organizaciones ecologistas están deseosas de confrontar el sesgo inconsciente y otras formas sutiles de discriminación que pueden estar practicando. Pero esto no es exactamente así.

Algunos informes en países anglosajones (ahí donde se pueden hacer en base a datos étnicos) demuestran que la diversidad en las organizaciones ecologistas es prácticamente nula. Según los mismos estudios, solo dos de cada diez miembros de estas organizaciones son racializados. Si hablamos de Europa la proporción es mucho menor. 

Esto es lo que llaman el «techo verde». Las ONGs ecologistas occidentales no han logrado afrontar el problema de la diversidad, ya que no han conseguido desafiar algunas de sus propias suposiciones sobre las personas racializadas. Y esas suposiciones están en el origen de cómo los prejuicios funcionan ante lo diverso, también en el ecologismo.

Prejuicios inconfesables que se basan en creer que las personas racializadas no tienen las habilidades o el conocimiento para ser valiosos para el activismo ecologista. Muchos creen que los pobres están demasiado ocupados con ser pobres, o que los negros están demasiado ocupados con ser negros para ocuparse del medio ambiente.

Proteger el medio ambiente en el que vivimos no es un concepto novedoso para las personas racializadas. Somos nosotras las que más sufrimos y sufriremos las consecuencias del cambio climático y el deterioro medioambiental. Son las comunidades ancestrales e indígenas de todo el planeta las más amenazadas con desaparecer por razones ambientales, y las comunidades negras en todo el mundo, casi sin excepción, las más expuestas a la contaminación, ya que las consecuencias de la misma van intrínsecamente unidas a la pobreza, y como todas sabemos, esa palabra va cosida a otra que nos suena mucho: racismo.

Una razón por la cual las ONGs verdes no han conseguido conectar con personas racializadas, tanto en el plano de masa social como de militantes activos, puede ser que estén hablando en un idioma diferente cuando se trata del medio ambiente. Las personas racializadas sienten que el activismo ambiental se hace a expensas de sacrificar la lucha por los derechos humanos y que incluso se banalizan o equiparan sufrimientos. Todas tenemos en mente la comparación de la lucha animalista con el abolicionismo antiesclavista. Esto simplemente es una falta de respeto.

Parece también que estas organizaciones están más preocupadas por limpiar y preservar las tierras deshabitadas, o aparentemente deshabitadas, para expandir los parques y las áreas protegidas, olvidándose de los lugares habitados donde se hacinan las personas racializadas, que ocupan las peores zonas de las ciudades y con mayores cotas de insalubridad y contaminación. Pero es que además, en esas zonas que intentan proteger y que habitaban pueblos indígenas, han dejado a estos fuera de la toma de decisiones sobre los mismos.

La popularización del concepto de ecología en la vida cotidiana es una de las fuerzas más relevantes en la actualidad, y también lo es para los afrodescendientes y racializados, a pesar del hecho de que descaradamente pasa por alto nuestros intereses ambientales.

Existe una concepción bastante estrecha de lo que debe ser el ambientalismo y el ecologismo.  En su uso popular relativo a salvar el medio ambiente, el término se vuelve más o menos equivalente a lo natural o simplemente se usa para significar lo que está al aire libre, lo orgánico. Pero es crucial volver a conectar nuestra conciencia de lo ambiental y lo ecológico a una comprensión basada en la sociología del espacio próximo. El espacio próximo es nuestro entorno familiar inmediato, que para la mayoría de la población no es un espacio de árboles, arroyos y colinas, sino un espacio de cemento, vidrio y acero.

Greta Thunberg

Y esa es la quiebra que define la falta de racializados en los movimientos ambientales. Definimos la naturaleza por lo que vemos cuando miramos fuera desde nuestra ventana, y lo que ve un niño de un suburbio de Lagos es diferente de lo que ve otro de Beijing, que a su vez no tiene nada que ver con lo que ve Greta Thunberg en su casa en Suecia.

Pero independientemente de lo que vemos y las definiciones, hay objetivos comunes en todos los grupos étnicos y sociales. La principal característica común es la preocupación por las generaciones futuras. En general, queremos lo mismo: lugares seguros para vivir, trabajar y jugar, espacios limpios y comunidades sostenibles y duraderas.

Muchos ambientalistas racializados admiran los objetivos del movimiento ecologista, pero también saben por propia experiencia que la justicia social se ignora habitualmente en la toma de decisiones. ¿Por qué? Quizás porque muchas de las personas que dirigen estos movimientos, normalmente blancos, han construido una definición de «medio ambiente» que creen como la única verdad, una verdad que piensan que no está en nuestra naturaleza.


Ayomide Zuri 

Inconformista, luchadora, africana y mujer negra. @ayomidezuri ayomidezuri@gmail.com


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