Radicalidad o muerte

Ilustración de Amber McAden

Estaba hace unos meses en un debate en torno al feminismo interseccional con otras mujeres, casi todas jóvenes, entusiastas, y posicionadas, puede que inconscientemente, en lados opuestos de la mesa.

En la esquina azul, recién llegadas a Madrid, dos enérgicas manchegas convencidas de que el feminismo radical es la solución a todos los problemas. Habían tenido algo parecido a una revelación, y, como toda revelación que se precie, era necesario compartirlo a toda costa. Bienvenidas al despliegue de referencias, de autoras que habían iluminado sus caminos a la sabiduría, de libros que hay que leer para ser una buena feminista, porque lo que no se puede hacer es ir por la vida a lo loco, sin famosas a las que citar para justificar nuestras experiencias. 

En la esquina roja, las racializadas hartas de escuchar las mismas imposiciones cada vez que nos da por juntarnos con feministas blancas. Espacios donde se supone que estamos para compartir nuestras vivencias y puntos de vista y que sean tenidos en cuenta, y acabamos encontrando correcciones, matices y aclaraciones a cualquier cosa que decimos, como si fuéramos buscando su aprobación y el carnet de bienvenida al club.

Empezamos el debate comentando que, en nuestro caso, el género no es siempre la primera opresión. Lucía Asué Mbomío lo definía maravillosamente en una entrevista reciente en Carne Cruda (que recomiendo encarecidamente): “Cuando yo era pequeña, a mí lo que me decían no era `niña de mierda´. A mí me  llamaban `negra de mierda´. Y cuando me he pegado (me he pegado porque me han pegado), era por negra.”

Saltaron las radicales a explicarnos que sí, que el género es la base de todas las opresiones que sufrimos las mujeres. Y nosotras, venga a insistir que no necesariamente. Hay cosas que nos pasan antes por ser racializadas, migrantes y/o pobres, que por ser mujeres. Y no, claro que no. Primero, por ser mujeres, y luego por lo que nosotras queramos. Si no, es porque no hemos leído lo suficiente sobre el tema (cosa que, por cierto, dieron por sentado, porque jamás nos preguntaron qué habíamos leído y qué no). Me gusta ese método: si disientes, es porque no has leído a las autoras indicadas para darnos la razón. Seré yo muy tiquismiquis, pero me suena a aquello de “la sufragista educada”. 

Mencionamos el caso de la humillación a mujeres gitanas en la Plaza Mayor, hace cuatro años y hace unos meses, que parece que hay costumbres difíciles de erradicar. 

-¿Veis? Lo hicieron porque eran mujeres. 

-Mujeres gitanas y pobres- aclaramos. 

Empieza un tira y afloja para explicarnos que lo de gitanas era secundario. Que es un poco peligroso ver racismo en todas partes, cuando era un caso claro de machismo y, cediendo mucho, puede que de aporofobia. Pero ninguna de esas otras situaciones estaría jamás por delante del machismo en la cadena de la opresión. Ya sabes: te humillan primero porque eres mujer, luego pobre, y ya, si eso, racializada. 

Retomamos parte de nuestras propias experiencias para intentar explicarnos. Quise saber cuántas veces se  les habían acercado desconocidos a preguntarles cuánto cobraban por una mamada. 

Ninguna, pero no es racismo. Es que el machismo nos oprime a todas.

Cierto, pero es a mí a quien le preguntan constantemente cuánto cobra. 

¿Cuántas veces se han sorprendido de que seas universitaria? ¿Incluso de que hables castellano?

¿Cuántas veces tu familia política te ha ignorado porque no sabía cómo saludarte?

¿Cuántas veces te han dicho que si bailas bien es porque lo llevas en la sangre?

Entendemos cómo funciona el patriarcado. De verdad, no es falta de formación o información al respecto. Preferimos hablar de feminismos, en plural, como plural es el mundo y plurales son nuestras vivencias, porque es imposible que quepamos todas en una única expresión del movimiento. Pero el feminismo radical seguía siendo la única opción viable en la conversación. 

Llegamos a un tono algo más elevado cuando a una de las radicales se le ocurre comentar (¿cómo no?) que siempre ha querido tener un pelazo como el mío. 

Los dilemas en torno a los feminismos árabes y musulmanes, y en particular el uso del velo y las opiniones al respecto de las compañeras que lo llevaban, se cerraron muy rápido sin contar con su opinión: la militancia feminista deberá estar separada de la religión. El velo representa el sistema de opresión y debería estar prohibido. El feminismo radical es así.

Otro momentazo de gloria: “Yo en verano también me pongo negra y no me discriminan por eso”. Sin comentarios.

Pasamos a un acuerdo de paz donde intentamos buscar un consenso. Hablamos del feminismo como unión, de la importancia de todas las luchas que tenemos en común. De la posibilidad de contar con un «gran feminismo» que nos dé cabida más allá de las particularidades de cada movimiento. 

Claro que sí. Para eso ya está el feminismo radical, para incluirnos a todas. 

Gracias, pero no. No se trata de «incluirnos». Esa palabra no deja de tener un aire condescendiente, de quien nos hace el favor de dejarnos entrar a un lugar que no nos pertenece. Queremos construir algo juntas, no «estar incluidas » en  un feminismo mainstream que se ha formado sin tener en cuenta nuestras diferencias ni nuestras referentes. Para ejemplo, Margaret Sanger.

Reivindicamos una interseccionalidad que va más allá de creerse muy deconstruida por escuchar canciones de Ibeyi. Es muy difícil sentir que vas en el mismo barco que aquellas mujeres que sólo quieren una negra en su mesa para presumir de inclusivas. Mujeres que se disfrazan de negra en carnaval. Mujeres que luchan por sus cuotas de igualdad, sin darse cuenta de que las racializadas no entramos en ellas. Mujeres que nos tratan como los machistas nos tratan a todas, tachándonos de egoístas por dividir el movimiento, cuando es obvio que hay luchas más urgentes que las nuestras. 

Y me consta que no son experiencias aisladas. Ojalá lo fueran.

Queremos estar unidas desde la plena igualdad, no desde la sumisión. Y eso pasa por aceptar que somos mucho más que el pelo afro en un cartel donde lo blanco siempre está en el centro.



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