Injusticia binaria

Pose, serie de Netflix

Tendemos a etiquetarlo todo. Todo está repleto de etiquetas con números y precios. Cada cosa tiene un valor, todo está capitalizado y muy ordenado. No obstante, el trastorno que sufre la sociedad también se trasplanta a los individuos. 

Contradictoriamente, en una sociedad aparentemente racional lo que etiquetamos son los cuerpos y las apariencias, no la inteligencia o la personalidad. Nos ponemos etiquetas porque nos ayudan a entender el mundo y a huir del abismo existencial. Estas etiquetas provienen de la historia, pero de una historia en concreto. Estas etiquetas se imponen, desde la educación y entre países y culturas. Nadie se escapa, vienen casi al nacer y las tenemos antes de podernos justificar. 

Estas siempre tienen un contrario e incoherentemente siempre son duales. Categorizamos según hombre/mujer, blanco/negro, heterosexual/homosexual, rico/pobre, sensato/loco, migrando/nacional, racional/irracional, animal/humano y la lista continúa. No obstante, este binarismo implica supremacía; uno de los contrarios consigue la hegemonía por encima del otro. Se establece así la “mayoría” hegemónica que culturalmente tiene poder sobre su opuesto que se convierte en “minoría”. Y como la historia está teñida de imperialismo, este binarismo ha extendido la injusticia por todo el mundo hasta crear un sistema de raíz binaria donde todos los ámbitos de una vida están repletos de desigualdades. 

Etiquetamos a las personas como lo hacemos con los objetos, les asignamos arbitrariamente un precio y un valor; las neoliberalizamos y las condenamos. La estructura socioeconómica actual perpetúa este binarismo porque necesita explotación y desigualdad para sostenerse. El heterocapitalismo utiliza a las mujeres como fuente de reproducción para crear más fuerza de trabajo y para perpetrar el sistema opresor. De la mano de la ley, con medidas represivas como la restrictiva ley de aborto o la dificultad del matrimonio igualitario, el Estado interfiere en la vida privada de las personas y ejerce su máxima fuerza patriarcal. Además, esta coacción estatal es antidemocrática, puesto que atenta contra la dignidad y la libertad de las personas. 

Por otro lado y contrariamente a los postulados del feminismo liberal, si esto no se trata, se imposibilitará la verdadera meritocracia e igualdad de oportunidades. La sumisión cultural causa dependencia económica y el problema se retroalimenta. No es casualidad que las mujeres cobren menos que los hombres por el mismo trabajo, ni que los homosexuales tengan más dificultades para encontrar trabajo, o que los negros tengan tasas de escolaridad más bajas. 

Tendemos a instrumentalizar los cuerpos y a definir la existencia según la apariencia olvidando que el que nos caracteriza como humanos es la razón y la moral, no el color de nuestra piel o la orientación sexual. Además, las etiquetas son una gran falacia, puesto que el dualismo deja de banda a miles de identidades singulares como una persona trans, una persona mestiza, una persona de género no binario, personas bisexuales y todas las otras disidencias. Por mucho que se nos diga que las etiquetas son todo el que somos, nunca podremos englobar a las personas con un par de conceptos. Es contrario a la complejidad humana; lo único que hacen es limitarnos y comercializarnos. 

Vivimos en una estructura social que asedia, castiga y encierra todas las formas de disidencia. Presenciamos una súper-alianza entre las técnicas disciplinarias de encarcelamiento y las nuevas tecnologías de vigilancia digital donde los disidentes y las minorías son explotadas y criminalizadas. Las personas que se alejan del binarismo salen de la «normalidad» y a menudo recaen en una mayor opresión. Una opresión que tristemente forma parte de nuestra especie y que encontramos en todas las etapas de nuestra vida. Es por eso que no nos tenemos que cuestionar cómo hacer que la mujer sea igual que el hombre o cómo hacer que los negros igualen a los blancos, sino que debemos estudiar los cimientos binarios de la estructura social. 

Es hora de que criemos a hombres y mujeres del mismo modo, con los mismos juguetes, obligaciones y objetivos. Cuestionémonos la heteronormatividad obligada, olvidemos el origen y la etnia, estudiemos nuestras relaciones amorosas, individuales y personales. Replanteémonos también el sistema socioeconómico y si es coherente vivir en una fuente de opresión sistemática que se aprovecha de las injusticias para que unos pocos sigan manteniendo privilegios a costa de otros. 

Por último, es importante que los mismos movimientos sociales sean más inclusivos con las disidencias y no caigan en el peligroso binarismo. El feminismo no se puede fundar bajo una misma identidad porque hay miles de mujeres singulares con dificultades peculiares. No nos antepongamos a otros y no nos dividamos; la lucha es la misma. Todas queremos ser iguales, libres y felices sin importar el sexo, la etnia o la procedencia. 

En definitiva, el binarismo instrumentaliza a los cuerpos y desvirtúa a las personas. La sociedad se aprovecha de la injusta supremacía binaria y la clave de la liberación recae en la eliminación de la norma, dado que todos los seres humanos somos diferentes y estas diferencias no tienen que ser una fuente de desigualdades sino un aprendizaje común. Consecuentemente, tenemos que cambiar el sistema educativo, político y económico si queremos llegar a la plena igualdad. Debemos reconstruirnos a nosotros mismos porque un mundo binario no es justo, ni coherente, ni humano. 


Lara Dias Santos

Estudiante de filosofía, política y economía en Barcelona, escritora y activista.

Barcelona

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