Reconocer el privilegio

Hoy voy a una conferencia que organiza el Centro de Investigación y Estudios de la Mujer en Costa Rica. Se habla de los derechos LGBTIQ+, del género no binario, del aborto. Una mujer trans, una afro y una lesbiana dan voz a los temas.

Pero a mí, como persona nacida y crecida en España, todo lo que se habla allí me queda lejano. Hacía mucho que no escuchaba hablar sobre el derecho al aborto o sobre el derecho de las personas LGBTIQ+ a casarse. Inevitablemente, siento que no tengo nada a aprender aquí: que en Europa las cosas están mucho mejor.

Cuando termina la conferencia, me pongo a hablar con Karla, una amiga de Costa Rica que me ha acompañado. A ella la charla le ha encantado. Me dice que estas mujeres han sido muy valientes de reivindicar la lucha feminista delante de un público tan diverso. En cambio, yo lo único que he visto son mujeres que reivindican derechos que en España ya tenemos conseguidos.

Le explico mis pensamientos a la Karla y ella, tranquilamente, me dice: «Creo que lo que te pasa es que no ves la diferencia de oportunidades entre nosotras. Estás juzgando la conferencia desde un ángulo muy cerrado».

No la entiendo. Yo solo veo el resultado, y es que aquí todavía se está hablando del derecho al aborto, que esto a mí me queda lejano y que no he aprendido nada en la charla.

«Párate a pensar en el recorrido que ha hecho la mujer trans para decir todo lo que ha dicho, Marta. Todas las trabas que ha tenido que superar en un país donde hay más de 500 crímenes de odio al año contra las mujeres trans. Todo lo que ha recorrido, a pesar de no haber podido ir a la Universidad, para dar una charla de estas características», me dice Karla. «Y ahora, ¿has pensado en el recorrido vital que has hecho tú? ¿Has encontrado tú todas estas trabas?»

Y entonces, de repente, me encajan todas las piezas. Nueve meses viviendo aquí, y por fin me doy cuenta de mi privilegio. “Ya lo entiendo…” le digo a Karla, avergonzada. “Esto es el privilegio…” El privilegio es tener más acceso al poder, a los recursos y a las oportunidades, solo por ser europea, tener la piel blanca, ser cisgénero, de clase socioeconómica alta, sin discapacidades, o también por ser hombre o ser heterosexual. Pero el privilegio es, sobre todo, dar por sentadas estas oportunidades. Pensar que las tenemos porque son naturales. Y porque todo el mundo las tiene también. Lo peor del privilegio es que es invisible. En cuantas situaciones no me habré dado cuenta de él.

Después de las palabras de la Karla, repaso las personas que he ido conociendo estos meses. ¿Qué valor tiene ahora Edgar, mi compañero de trabajo, que tiene una página de Instagram donde cuelga viñetas hechas por él criticando la nefasta infraestructura de Costa Rica? ¿Qué valor tiene ahora Mela que, a pesar de que las lesbianas no son tan aceptadas aquí, crea un comité en el barrio para visibilizarlas? ¿Qué valor tiene Sofía, que a pesar de que a partir de las 20h es muy inseguro andar por la calle, cada lunes por la noche asiste a una asamblea de mujeres? ¿O Kris, que ha tenido el valor de poner una denuncia en la Universidad porque ya han aparecido 18 casos de profesores universitarios que acosaban sus alumnas?

Y ahora, entonces, ¿qué valor tiene mi experiencia? ¿Qué valor tiene mi experiencia, que he encontrado trabajo en dos meses en Costa Rica, aquí donde las personas europeas tenemos las puertas abiertas a cualquier empleo, y -falsamente- se nos considera más cualificadas y competentes? ¿Qué valor tiene mi asistencia a una manifestación el otro día, si las personas de piel blanca tenemos muchas menos probabilidades de ser arrestadas por la policía? ¿O qué valor tiene sentirme empoderada, si el estándar de belleza se parece mucho al mío, y las personas que veo en posiciones de poder son como yo?

Aceptar y reconocer el privilegio no quiere decir sentirse culpable, ni tampoco superior. Quiere decir reconocer el contexto de cada persona, y las oportunidades que nos vienen dadas solo por tener unos atributos u otros. Y reconocer el privilegio significa, también, valorar en las otras personas su crecimiento, teniendo en cuenta las oportunidades que han tenido.

Es fácil para mí decir que en Costa Rica el discurso feminista está “anticuado”. Pero el discurso feminista que yo he aprendido es gracias a que he nacido en un país en el que las mujeres pueden abortar. O gracias a que el estatus socioeconómico de mi familia me ha permitido participar durante años en espacios feministas, en lugar de trabajar para pagarme los estudios.

Nacer con privilegios no quiere decir ser mejor que nadie. Pero, desgraciadamente, nos brindan unas oportunidades, que duran toda la vida y que, igual que una llave mágica, nos abren puertas a las que muchas personas no pueden ni acercarse. 

Por la noche, llego a casa y escribo. No sé si las palabras tienen la fuerza para cambiar este mundo. Pero tengo el convencimiento de que, compartiendo mi experiencia, más personas empatizarán con ella y revisarán sus privilegios. Y sobre todo, tengo el convencimiento de que, reconocer el propio privilegio, nos acercará un poco más a poderlo eliminar.


Marta Perich Pallaruelo

Nacida en España pero actualmente viviendo en Costa Rica, trabajando en las Naciones Unidas. Creo que el feminismo, la educación y la diversidad cambiarán el mundo.
Soy la presidenta fundadora Aprenent x Educar. Es una asociación que tiene el objetivo de unir personas que tienen inquietudes y ganas de cambiar la educación, para transformar el mundo.

@MartaPerich

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