Lo que cuesta hablar de racismo

Hace tiempo hice un pequeño experimento: subir esta imagen a mi cuenta de Instagram, con el título: ¿Por qué los reyes blancos pueden ser de los colores divertidos que quieran pero el rey negro solo puede ser negro? Solo obtuvo un corazoncito y nadie dijo nada. Nadie contestó mi pregunta ni entró en el debate. Porque hablar de racismo incomoda. Porque crees que es una chorrada y me ofendo porque quiero y no te atreves a decírmelo. O porque ese tema no va contigo porque tú no eres racista ni vivimos en una sociedad racista, y qué pesada con el tema, oiga. Y no es que tenga yo miles de seguidores y corazoncitos, pero curiosamente es la única publicación con un solo corazoncito. Que igual la foto es una chusta, pero te aseguro que las hay peores porque yo no tengo ni idea de fotografía, y subo fotos que no siempre son bonitas, pero con ellas trato de decir cosas.  

Imagen de Clan tv

Y esto es algo que solo se le puede ocurrir a una persona no blanca, y las blancas pensarán que nos ofendemos a la mínima, que vemos racismo en todo, o que acabamos siendo nosotras las que vemos colores porque ellas solo ven personas, (o algo así como cacahuetes en este caso). En cambio, yo cuando vi esta imagen sí que vi los colores y sí que me asaltó esa pregunta. Los reyes blancos pueden elegir hasta sus colores, pero el rey negro está condenado a ser negro. 

La gente no habla de racismo y cuando una saca el tema es una «negra rabiosa» que se queja por vicio y que debería dejar de dar por saco, vivir su vida y dejar en paz a los demás. Los demás son las personas blancas que dicen que no son racistas porque tienen amigos negros, y no te insultan mientras seas una negra sumisa, trabajadora y sacrificada, porque eso es lo que debemos ser. Pero cuando nos da por reivindicar algo pasamos a ser la negra renegada y desagradecida que ve racismo por todas partes y molesta a la santísima sociedad blanca «que la ha acogido».

Y en estas estamos con la Cabalgata de los Reyes Magos de Alcoy. Resulta que Afroféminas lanza una llamada de atención respecto al blackface de cientos de pajes. ¡Cientos! Más de mil, incluso. Así, en plan manifestación. Pero claro, eso no es racismo. Y aquí Afroféminas y todas las que las defendemos nos queremos cargar una tradición mágica y preciosa y romperle la ilusión a los niños. Porque la magia es que vayan pintados de negro, claro. No es la cantidad de gente que se junta de forma altruista para desfilar, subirse por las paredes y repartir regalos. Si le quitamos el blackface, no nos queda nada. Pobres niños, no tenemos corazón. Que no entendemos la magia, que vayamos a verlo y cambiaremos de opinión, dicen. Superlógico: me molesta algo de lejos y de cerca no solo no va a molestarme, sino que lo voy a adorar. Ya me molesta cuando pintan a un solo rey Baltasar de negro, como para verme rodeada de blackfaces como si viviera una pesadilla. Es tan lógico como decir que soy antitaurina porque no he visto una corrida en directo. Que si voy y lo sufro en primera fila y me salpican la sangre y las lágrimas del animal agonizante se me pasarán las hostias. Y para demostrar que no son racistas nos insultan, nos dicen que estamos enfermas, que no tenemos vida, que somos unas ignorantes, que cuántas ganas de joder, y el clásico y genuino «vete a tu país a morirte de miseria».

Los mitos y leyendas pueden mutar, pero es muy difícil cambiar una tradición. Las personas convierten una costumbre en tradición y las tradiciones se refuerzan siempre en el olvido de lo que las ha originado. De hecho, los Reyes Magos al principio de los tiempos ni si quiera eran reyes, ni magos. No fue hasta la Edad Media que recibieron el título, y hacia el siglo XV se atribuyó un origen etíope/yemení a Baltasar y se le empezó a pintar con piel oscura. Y cuando digo pintar, me refiero a cuadros y esas cosas, no a pintarle la cara a un señor. En un atlas catalán de 1375 los pintan a todos blancos. Filippo Lippi los pintaba a todos rubios y brillantes. El Greco, hacia 1550, y Murillo, hacia el 1600, ya pintan la imagen tradicional del viejo blanco, el maduro castaño y el joven negro, lo que me lleva a pensar que se trata de una tradición castellana. Lo de las cabalgatas es un invento moderno, del siglo XIX, y con ellas llegó el blackface. 

Y no es solo cosa de Alcoy. En Alcoy es más bestia porque hay cientos de ellos, pero Baltasares de betún hay por toda España, y también nos hemos quejado antes y ni caso. Que el blackface no es racismo, que no tienen intención de herir a nadie. Supongo que no saben que puedes no pretender algo y hacerlo igualmente, o que las tradiciones, para que se sigan manteniendo, se adaptan poco a poco a la sociedad. Pero las tradiciones son tan fuertes porque se basan en un sentimiento compartido por un grupo que considera que sus tradiciones lo definen y, por lo tanto, la razón no puede luchar contra la tradición. El apoyo es mínimo y nos quedamos prácticamente solas frente a los insultos y las burlas porque, recuerda: no mola hablar de racismo. El racismo no existe. Lo creamos nosotras con la confrontación.

Lo mismo si nos quejamos de algún producto que lanza una campaña publicitaria que nos ofende, como Cola Cao, o que tiene un producto ofensivo en sí mismo, como los Conguitos. Aunque sí que hay gente que nos apoya, la mayor parte de los comentarios recibidos son más insultos y reproches de piel fina, tiempo libre y venir a cargarnos cosas. Por suerte, algunos saben reflexionar y cambiar, como es el caso de los Conguitos, cuya imagen principal ha variado con los años. Que el nombre lo mantienen porque dicen que eso no puede cambiar, pero Mr. Propper pasó a ser Don Limpio hace décadas y no pasó nada. De hecho, diría que toda la gente de mi quinta sigue diciendo Mr. Propper. Y yo misma llamo Conguito a todo cacahuete chocolateado, cualquiera que sea la marca. Es una cuestión generacional, y si los Conguitos cambiaran de nombre, seguirán siendo Conguitos hasta que vengan otros que solo conozcan los nuevos.

Tampoco se habla de racismo cuando en una publicación en Facebook, una amiga habla de lo bueno que está cierto mulato, yo la corrijo diciendo que será un hombre mulato en todo caso, no un mulato a secas como si fuera una cosa, (por no hablar de la etimología) y no dice nada al respecto ni se disculpa hasta que otra amiga blanca me agradece el aporte. Porque yo parto de la base de que siempre que nos referimos a una persona mediante un calificativo (un mulato, una rubia, un calvo, una gorda…) ya estamos faltando al respeto. En cuanto pones delante un hombre, chico, señor…, pues la cosa ya cambia. Pero a parte, dentro del feminismo estamos muy puestas en que los comentarios machistas hay que señalarlos y despreciarlos, pero las aportaciones sobre racismo ya son más incómodas. Porque aunque no haya mala intención, hay que crear conciencia, de la misma forma que se está haciendo frente al machismo. Porque no hace mucho era lo más normal que los tíos nos echaran piropos agredieran verbalmente por la calle y nadie lo cuestionaba, y nosotras a tragar y callar. Solo exponiendo y hablando de ello podemos conseguir modificar actitudes, y todo empieza por lo que decimos y cómo lo decimos.

Y tampoco se habla de racismo y en un grupo de whatsapp de varias madres y padres, una pasa un mensaje en cadena larguísimo que en resumidas cuentas decía que ojocuidao que los moros nos invaden y que si mezquitas y bombas y que si hay que estar alerta… y nadie a parte de mí dijo nada. Que bien es cierto que poco después se abrió un grupo alternativo en el que esta persona ya no está. No sé yo si aquello tendrá algo que ver pero vamos, que si nadie le ha dicho nada al respecto es bien difícil que se de cuenta de que es una islamófoba (que seguro que la pobre ni lo sabe).. 

Pero aunque no se hable de racismo, sí que se lleva mucho ponerse una etiqueta antirracista. Y cuando lo hacen partidos políticos, pues da aún más cosica. Para empezar, basan sus políticas antirracistas en cosas que tienen que ver con los inmigrantes, no con las personas racializadas. Y no es lo mismo, oiga. También hay inmigrantes rubios con ojos azules, aunque a estos no les llamamos inmigrantes, sino extranjeros. Curioso, ¿no? Y el hecho de considerar inmigrantes (con toda la desvalorización que ha adquirido la palabra) a todas las personas racializadas, ya es un acto racista. De ahí que si eres negra te pidan la documentación hasta cuando sales a pasear al perro. Y que el término utilizado por la izquierda al completo en sus programas es nada menos que: Políticas públicas contra el racismo, tan amplio y tan ambiguo que cualquiera puede decir que las aplica. Lo ponen en el programa, que queda la mar de progre y a pedir votos. Pero cuando las personas negras, extranjeras o no, denunciamos racismos como los de las cabalgatas, ningún partido se pronuncia. Vale que la de Alcoy es la más bestia, como decía antes, pero hay blackfaces en casi todas las cabalgatas españolas, y en Catalunya también, senyors i senyores d’esquerres. Y nadie nos escucha. 

www.reisdigualada.cat

Pero sí, son cosas que si te quedas en el título quedan muy bonitas. Somos antirracistas para prometer imposibles y mientras nadie venga a denunciar algún tipo de racismo, porque entonces el racismo simplemente no existe. Pues oye, el racismo no es solo que te peguen una paliza en el metro o que no te den un trabajo por tu raza, igual que el machismo no es solo que te violen en un portal o que no te den un trabajo por estar en edad fértil. Está enquistado en la sociedad y hay que identificarlo para poder construir una sociedad más diversa y respetuosa. ¿Cómo lo hacemos? Hablando de racismo con sinceridad y sin maquillaje. 


Nebetawy

Educadora y cuidadora no remunerada, instructora de yoga y cantante.

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